• Los asuntos de la justicia no deben litigarse en las plazas públicas por una razón fundamental: los presuntos acusados no tienen derecho al debido proceso.

Leo Zuckermann
Columnista

La corrupción es el principal flagelo de México. Eso lo entendió muy bien López Obrador como candidato. El combate a la corrupción fue su principal tema de la campaña de 2018. Ganó de manera contundente con el mandato explícito de solucionar ese problema.
Celebro que la justicia mexicana esté tomando medidas para castigar a los corruptos del pasado. Espero que en esta ocasión sí veamos un proceso judicial de verdad y no las típicas simulaciones del pasado donde se sacrificaba a un chivo expiatorio en el altar de la opinión pública.
Nada me gustaría más que ver a un político de altísimo nivel, incluyendo a un ex presidente, sentenciado a cárcel porque el fiscal logró comprobar su culpabilidad más allá de cualquier duda razonable.
El día que eso suceda, sí podremos decir que México cambió. Mientras tanto, todo está por verse.
Lo que me parece una vacilada muy peligrosa es la consulta popular que está proponiendo López Obrador para preguntarle a la ciudadanía si hay que juzgar o no a los ex presidentes.
Para empezar porque ya sabemos cuál va a ser el resultado: abrumadoramente a favor de enjuiciarlos. ¿Quién va a votar por no hacerlo? ¡Claro que los ciudadanos queremos que se haga justicia! Lo mismo diríamos en casos de presuntos asesinos, secuestradores o extorsionadores. El Estado no está para consultar a la población, sino para procesar y castigar a los presuntos culpables de delitos.
Si ya sabemos el resultado de la consulta, ¿para qué hacerla?
Mejor que el gobierno se ponga a trabajar y encuentre las pruebas que incriminen, de ser el caso, a los ex presidentes.
Lo de la consulta es una paparruchada de AMLO para no tomar una postura sobre el asunto de la corrupción de sus antecesores. Es, como en tantos temas, salirse por las ramas: organizar un megashow mediático para distraer la atención de los temas que hoy por hoy tienen postrados a los mexicanos: la crisis sanitaria del Covid-19, la peor depresión económica en cien años y la persistente violencia en el país.
Hay colegas que piensan que la consulta sí tendría un valor pedagógico: educar a los ciudadanos sobre lo que ocurrió en el pasado. Creo que los mexicanos tienen una buena idea de lo que pasó. No necesitan más educación. Han padecido directamente las consecuencias de la corrupción. Quieren que se acabe la impunidad. Por eso votaron a favor de Andrés Manuel López Obrador.
Además se trata de una mala pedagogía porque los asuntos de la justicia no deben litigarse en las plazas públicas. Cuidado cuando las sociedades así lo hacen. Por una razón fundamental: los presuntos acusados no tienen derecho al debido proceso. No se pueden defender frente a las pasiones de la multitud. ¿Y si el inculpado es, en realidad, inocente?
Van a decirme que ninguno de los ex presidentes de México es inocente de corrupción. Yo no lo tengo tan claro. Creo que unos fueron corruptísimos, otros no. En cualquier caso, no me corresponde a mí juzgarlos.
En una sociedad civilizada les toca a los jueces hacerlo escuchando los argumentos y pruebas de las partes acusadora y defensora.
Decía un reconocido abogado defensor estadounidense que los hot cakes, por más delgados que estén, tienen dos lados. En un juicio, no se vale escuchar nada más a un lado. También hay que oír al otro. Hasta el peor presunto asesino serial debe tener el derecho a defenderse. ¿Qué tal si era inocente?
Bueno, pues eso se pierde cuando la justicia se hace en consultas públicas. Los presuntos delincuentes no pueden defenderse. Como en el caso de los ex presidentes de México, la tienen perdida desde el principio. Todos los que aparezcan en la boleta serán derrotados.
Perfecto. ¿Y luego? Pues supongo que habrá que mandarlos a un juicio de verdad. ¿Y si los fiscales no tienen pruebas para indiciarlos? ¿Ahí nos quedamos?
Por lo menos quedará manchada su reputación. Muy bien.
¿Y después con quién nos seguimos en la plaza pública para desacreditarlos?
Al que se le ocurra al Presidente.
A muchos les parecerá buena idea. Todos los que piensan que AMLO es un ángel y, por tanto, no los tocará. ¿Y qué tal si mañana llega a la Presidencia un diablo que, con base en el precedente sentado por López Obrador, sí los lleve al tribunal de las multitudes empoderadas y enardecidas?
Aceptar que se realicen consultas públicas por presuntos actos de corrupción es aceptar que mañana nos los puedan hacer a cualquiera de nosotros sin la posibilidad de defendernos.
¿De verdad queremos eso?