Siempre pensé que la cultura mexicana fue derivada del trauma de la conquista de México por los españoles, después de matar a miles de los mejores guerreros, es decir, los mejores dotados, por no decir los más varoniles, y las doncellas nativas tuvieron que voltear a mirar a los gallardos conquistadores, y en mi concepto en ese momento surgió la alcahuetería, es decir, la absurda necesidad de justificar lo ajeno y repudiar lo nuestro. Para nosotros todo lo extranjero es bueno, es bonito, es justificable. 

Lo autóctono, es malo es feo y por tanto debe repudiarse. 

Y si no me lo crees querido lector dicen que para muestra basta un botón. 

Si un tipo es blanco se suele decir, es muy guapo, parece europeo; por el contrario si el tipo posee facciones nativas, y de color moreno, es feo, tiene cara de indio ha de ser un borracho o hasta ladrón. 

Si una persona es ciega (que no tengo idea de porque deba ser ofensivo decirle ciega) ahora le decimos invidente, insisto ambas palabras significan lo mismo pero como somos alcahuetes, hacemos ofensivas las palabras, nuestras palabras. 

Antes a los hombres que tenían comercio sexual con otros hombres se les llamaba “putos” y el término existe en el diccionario de la real academia de la lengua, ahora les decimos gay (y que conste, no tengo nada contra los homosexuales) tratando de darle un toque de respetabilidad a sus actividades y así suavizar un poco nuestros propios negativos sentimientos. Lo mismo sucede con las prostitutas, las cuales ahora llamamos prestadoras de servicios sexuales. 

Recientemente la suprema sala superior de justicia decidió que las palabras “maricón” y “puñal” eran realmente homofóbicas, tal vez estos señores hagan su propio diccionario y nos indiquen cuales son las palabras para designar estas actividades sin que sean ofensivas, y ojalá alguien no pida que no le llamen homofóbico porque es insultante. 

En Oaxaca existe un sacerdote (quien por cierto fue premiado por algún alcahuete organismo por su bondad con los inmigrantes), si tú conoces Oaxaca sabrás la cantidad de niños paupérrimos que existen en ese estado, pero ayudarlos a ellos no da lustre, pues a nadie les interesan unos inocentes oaxaquitos. 

Pero luchar por los inmigrantes significa popularidad. 

Lo mismo sucede aquí en el sur del estado cuando vemos en la televisión algunas alcahuetas jarochas, quienes hacen comida y la avientan en bolsas de plástico a los inmigrantes que van montados en la “bestia”, desperdiciándose mucha de ella. 

¿Y no ahí mismo existen niños con hambre? 

Pero ¡claro, darle de comer a jarochitos no te da oportunidad de salir en la “tele”. Y créanme no tengo nada contra los inmigrantes (a pesar de habernos traído a los “maras”, los constantes robos a través de su recorrido, y de las violaciones y ataques verbales a mujeres de nuestro país) sólo que casi todos ellos son adultos y vienen conscientes, saben a lo que vienen. 

Pero nosotros como buenos alcahuetes preferimos darles protección a ellos antes de hacerlo con nuestros inocentes mexicanitos, la caridad digo yo, debiera empezar en casa, ya lo dijo el presidente Peña Nieto: mueren 11000 personas por año por hambre, aquí es donde se debe ejercer la caridad no en personas que son responsabilidad de otros países. 

Y si quieres otra pequeña muestra de nuestra alcahuetería, nada más échale una mirada a nuestra televisión y nuestro cine, te admirará la cantidad de extranjeros, pues los actores mexicanos no sirven. 

O la diferencia en la paga aquí en México a toreros españoles y mexicanos. Recuerdo también al triste célebre Ricardo Alderete (a los alcahuetes rápido se nos olvida) aquel delincuente sentenciado a muerte en los Estados Unidos, que por un error administrativo fue absuelto, lo trajimos a México y lo hicimos héroe, pronto estaba haciendo telenovelas (¡!) Evadió la justicia humana, pero alguien allá arriba, lamentándose de habernos dado libre albedrío pero pocos sesos, se compadeció de los alcahuetes mexicanitos y le cumplió el castigo: Murió, en un accidente automovilístico llenos tanto el auto como él, repletos de drogas, no pudo escapar de la justicia divina. 

Y qué me dicen de los alcahuetes gobernadores de Michoacán, Guerrero y Oaxaca, quienes juraron hacer cumplir y respetar las leyes de sus respectivos estados ¡para Ripley!. Todas estas alcahueterías son nada, comparadas con los otros grandes alcahuetes: los legisladores del Distrito Federal, quienes según la televisión, legislaron para que aquellos vándalos, ladrones saqueadores, agresores durante una manifestación, las penas no fueran tan “duras”, y gracias a su alcahueta “Legislación” finalmente fueron liberados. (¿Y los negocios afectados, los robos, el policía quemado? ¡Bien, gracias!)

   ¿Y los vacíos en la legislación como el reciente caso del niño de trece años, asesino de cuando menos diez personas, no es otra gran alcahuetería? ¿Y si se incrementa (que seguramente se incrementará) la recluta de niños por la delincuencia organizada? ¿Y si este “niño” vuelve a cometer, aunque sea sólo un asesinato más, y este niño no sea castigado por no llegar a cumplir los 14 años? ¿A quién se responsabilizará? 

¡El colmo de la alcahuetería! (Me acabo de enterar que otra vez se hizo justicia, no sé si divina, pero la hubo, pues este “niño” fue encontrado muerto con otros cuatro ejecutados)

   Señor Presidente Enrique Peña Nieto, si usted realmente desea transformar a México, debemos acabar con toda clase de alcahuetería, sobre todo en la administración de justicia, si alguien no quiere ser tratado como delincuente, que no delinca. 

Llámense estudiantes, llámense campesinos, llámense profesores, llámese turista francesa, llámense “Niños” (Que no puedo entender que se le llame niño a un multiasesino), llámese incluso compañeros de partido. 

El gran flagelo de México es la corrupción, pero ésta deriva de la impunidad, y a su vez, ésta comienza para desgracia de México, en los ministerios públicos y en las diferentes corporaciones policiacas. 

Si realmente, insisto, quiere cambiar este México, comencemos pues con ellos.