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Los pícnic’s están de regreso

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Varios fines de semana me ha tocado ser testigo de cómo los días de campo parecen estar de regreso en la tradición urbana, pues me he encontrado a numerosas familias disfrutando con sus manteles, bolsas y canastas de comidas al aire libre en las áreas verdes de Chapultepec, en las famosas islas cercanas a la biblioteca de la UNAM, en parques como el Hundido o el de Las Américas, comprobando que en esta convivencia no existen las edades, las clases sociales ni mucho menos nuestros complejos de esclavos del asfalto.

Antaño, muchos capitalinos iniciaron la tradición de los días de campo o pícnic’s, como una forma de volver a vincularse con ese México que oscilaba entre lo urbano y lo rural y que había enmarcado la niñez de numerosos colonos convertidos en padres y madres de familia.

En la primera mitad del siglo XX, además de parque y jardines, no era difícil hallar terrenos verdes y vírgenes para pasar una agradable tarde de domingo en los perímetros de Coyoacán, en la poco fraccionada colonia del Valle y por las praderas de San Ángel, sin olvidar los solares cercanos a las haciendas de la familia Escandón, donde se decía, existían bonitas praderas colmadas de sol para extender el mantel, sacar las viandas, las aguas frescas y el alipús.

Entre las agradables caricias del viento y la brisa de arroyuelos formados por la lluvia, así como las risas de los niños que corrían y saltaban a lo lejos, muchos capitalinos, que en décadas futuras tendrían que conformarse con los bulliciosos terrenos de Chapultepec, describieron en sus diarios el ambiente de esas tardes donde la tranquilidad y el silencio podían cortarse como un esponjado pastel. El rescate de los pícnic’s se dio durante 1920, tras la paranoia engendrada por el periodo revolucionario, cuando muchas familias temían salir al campo por temor a ser asaltadas por la soldadiza resentida de alguno de los bandos combatientes.

Durante el conflicto, los rumores se encargaban de alejar a los capitalinos de zonas verdes, pues durante el conflicto, en unos pastizales del noreste de la ciudad, varios miembros de una familia fueron heridos y muertos por revolucionarios durante una comida al aire libre, después de que los niños gritaron en voz alta las preferencias políticas de sus padres.

Con los vientos revolucionarios aún sensibles, la mayoría de los capitalinos decidió no arriesgarse a pasar un mal rato y poco a poco se apoderó de sitios específicos para pasar al aire libre sus fines de semana. Primero en los parques y luego en esos rincones privilegiados de las rancherías recién vendidas, que no tardarían en ser divididas y valuadas para venderse como predios que contribuyeran a engrosar las arcas de alguna compañía nacional o extranjera.

Para las fiestas, en vez de las apreturas que significaba el organizar una reunión en la casa con la consabida y engorrosa limpieza, la opción del pícnic se convertía en el mejor salón de fiestas para celebrar el día de la madre, el padre o el cumpleaños de vástago.

Las tortas, los sándwiches, incluso las cacerolas con diversos guisos se juntaban en aquellos fines de semana, a veces arruinados por un temerario y suicida batallón de hormigas o por las bromas pesadas del dios Tláloc.

A propósito de un día de campo decía, el casi desconocido poeta poblano, Alfonso Rodríguez que todo padre debe observar junto con su hijo, al menos una vez, la travesía de las nubes por el cielo recostados en la hierba, como un símbolo tanto de mortalidad como de inmortalidad.

Así le sucedió a numerosos capitalinos, quienes nos han confiado en sus correos que algunas de las charlas más profundas y nostálgicas con sus progenitores tuvieron lugar esas tardes lejos del mundanal ruido y el trajín urbano.

Lo malo es que el cálido abrazo de la madre naturaleza era retribuido, por muchos paseantes, con numerosas bolsas de basura, botellas, colillas de cigarros y demás “finezas”, mismas que si eran sumadas por día, semana y mes arrojaban toneladas de desperdicios al año, los cuales provocaban la aparición de plagas y la contaminación que a la larga se convirtió en la verdadera herencia ecológica de generaciones posteriores y que aún se tratan de resolver.

 

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