Menos de la tercera parte de los militantes del Partido Acción Nacional (PAN). Eso es lo que quedó después del proceso de depuración de los 1 millón 868 mil registrados que terminó el pasado viernes 14 de diciembre. Una verdadera catástrofe. A finales de 2009, César Nava, amigo personal de Felipe Calderón Hinojosa, empezó un proceso de afiliación chatarra. Entrar al PAN era más fácil que tener una tarjeta de crédito. Se podía hacer por correo electrónico, por teléfono, en la página web o en módulos instalados exprofeso. La campaña fue una reacción al fracaso de las elecciones federales intermedias de ese año, cuando otro amigo del entonces Presidente de la República, Germán Martínez, se convirtió en el primer líder nacional panista en renunciar a su cargo debido al escandaloso descalabro electoral. La “brillante” idea de Nava –afiliar a como diera lugar– convirtió al PAN en un partido de almas muertas. En por lo menos la mitad de los estados del país, hubo quejas y denuncias formales (se siguen dando hasta hoy) de que los líderes locales inflaron el padrón para tomar control de la decisión de las candidaturas de los siguientes procesos electorales. Ahora, el presidente nacional del PAN, Gustavo Madero, ha debido poner la cara de zapato: ha reconocido en público que el partido se desfondó. Primero, por la operación de afiliación de César Nava; segundo, porque miles le han dado la espalda al panismo después de 12 años muy cuestionables, y tras perder Los Pinos que, en pocas palabras, significa perder la disponibilidad de empleos. El problema de fondo es que sólo una parte del PAN reconoce este proceso de descomposición como efecto directo de las políticas de Calderón Hinojosa. No sólo las públicas, es decir, las de gobierno (que llevaron, por ejemplo, a una guerra sin sentido con 100 mil muertos), sino las que aplicó al interior del mismo Acción Nacional: expulsión de la disidencia, mano dura con los que pensaran distinto, imposición de dirigentes e imposición de sus amigos en los mandos de dirección: allí están Juan Molinar Horcasitas, Cecilia Romero, el mismo Germán Martínez y César Nava, etcétera. El problema es que muchos en el PAN, sobre todo los que en este momento mandan, no quieren reconocer que los seis años de Calderón significaron un retroceso que no se vio durante décadas en ese partido que fue, por lo menos, segunda fuerza electoral, y ahora se ha convertido en la tercera. Muchos panistas, sobre todo los beneficiados por su política de exclusión, no quieren darse cuenta que el efecto Calderón no ha terminado, que todavía durará durante años. Y que seguirá cobrando cuotas al PAN mientras no se exorcice. Está vivo el reclamo de miles de viudas y huérfanos de su guerra. Hay un fuerte movimiento de oposición para que ocupe un lugar en la Escuela Kennedy de la Universidad de Harvard, por ejemplo. Y seguirá. Reacios a aceptarlo, los calderonistas en el PAN pelean posiciones, y quieren llevar el próximo año a Margarita Zavala a la Presidencia. Se pelean lo que quedó de PAN después de Calderón. Pues que con su pan se lo coman…