Ahora que se recuerdan frases de Hugo Chávez se ha repetido la que dijo en 2005 sobre Vicente Fox, a quien llamó “cachorro del imperio”. No podría haber calificado mejor al presidente panista, que fue orgulloso director de Coca-Cola y nieto de un ciudadano de Cincinnati, Ohio. Fox se dejaba llevar por una emoción desmedida cuando decía que “amaba a ese país”, y afirmaba sin sustento que los americanos “nos habían enseñado a trabajar durante la hora del lunch para ser más eficientes”. Con el tiempo perdió el recato: admiraba todo lo “americano” y se jactaba de una supuesta amistad con el “amigo Bush” (ranchero como él, ignorante como él), que lo echó por la borda cuando comenzó la guerra de Irak.

Pero los desplantes de Fox hacia las barras y las estrellas habrían de palidecer frente a Felipe Calderón, orgulloso de su maestría en Harvard, donde hoy goza de un exilio dorado con una “beca” de investigador (asiste a las pláticas que imparte con sus escoltas personales y guardias de la universidad).

El fracaso de su inopinada “guerra contra el narco” lo obligó a confiar nuestra seguridad nacional en manos de Estados Unidos. Nos volvió parte de su estrategia centroamericana contra las “organizaciones criminales transnacionales”, y nos convirtió en una zona de protección para el territorio americano. Sin conocimiento del Senado mexicano toleró el sobrevuelo de aviones no tripulados, y también el contrabando de armas, como parte de una torpe (o maliciosa) estrategia de Estados Unidos para “dejarlas correr y seguirles la pista”.

Afortunadamente, la cercanía vergonzante con Estados Unidos parece haber llegado a su fin con Enrique Peña Nieto.

Antes de tomar posesión, cuando otros presidentes electos iban a Washington a recibir instrucciones, Peña Nieto visitó seis países sudamericanos. Ese solo hecho debió mostrarle a Washington que un presidente que no fue formado en sus universidades nos regresaba a América Latina tras 12 largos años de entreguismo.

Uno de mis maestros de derecho en Estados Unidos, Covey Oliver, que había sido subsecretario para asuntos latinoamericanos, me relató un encuentro con Fernando Belaúnde Terry, ex presidente de Perú, cuando ambos habían dejado la política y estaban de regreso en la vida académica. Covey le hizo a Balaúnde un comentario sobre Perú que molestó al ex presidente: “no, Covey —protestó el peruano—, ustedes los americanos siempre ven a Latinoamérica a través de la cortina distorsionada de México”. Era obvio que Belaúnde nos veía, desde mediados del siglo pasado, como un país cada vez más “americano”. Esa cercanía con Estados Unidos fue la que continuaron fomentando los presidentes panistas. Fox por desconocimiento de la historia, y Felipe Calderón desesperado por una “guerra” perdida desde sus inicios.

Al asistir al funeral de Chávez, Peña Nieto demostró la importancia de América Latina en su política exterior. Se metió entre los seguidores ideológicos y beneficiarios económicos de Chávez para convivir con la crema y nata de la izquierda latinoamericana: Raúl Castro, la señora Kirchner, Rafael Correa, José Mujica, Evo Morales y Daniel Ortega.

Con determinación, pero con discreción y buenos modales, EPN hizo relaciones públicas con sus socios comerciales de Chile, Colombia y Perú, y ofreció sinceras condolencias a los familiares de Chávez. Mostró su firme intención de acercarnos a una región a la que está convencido que debemos regresar.

Pero acercarnos a Latinoamérica no significa distanciarnos de Estados Unidos. Con ellos compartimos importantes relaciones comerciales, una larga frontera y una más larga historia de encuentros y desencuentros. Más de 11 millones de mexicanos (65% de la población hispana en un país cada día menos blanco), contribuyeron a reelegir a Obama, y han comenzado a “voltear la tortilla” para recibir, como diría Jorge G. Castañeda, “la enchilada completa”: ¡ciudadanía! 

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Analista político