Estocolmo.- Los investigadores Roger Penrose, Reinhard Genzel y Andrea Ghez lograron el Nobel de Física 2020 por sus descubrimientos en torno a los agujeros negros y su relación con la Teoría de la Relatividad, y por hallar en el centro de la Vía Láctea uno de ellos, anunció la Real Academia de las Ciencias Sueca en Estocolmo.

El anuncio del premio de Física sigue al de Medicina, ayer, que fue para los virólogos estadounidenses Harvey J. Alter y Charles M. Rice y el británico Michael Houghton por el descubrimiento del virus de la hepatitis C.

A Penrose se le distingue por mostrar que la Teoría General de la Relatividad, formulada por Albert Einstein, implica la formación de estos “exóticos” fenómenos, mientras que a sus dos colegas se les premia por el hallazgo de un objeto compacto y supermasivo en el centro de nuestra galaxia.

La demostración de Penrose es considerada una de las principales contribuciones a la Teoría de la Relatividad, además de servir de guía para una nueva teoría de la gravedad cuántica; el trabajo pionero de Genzel y Ghez ha abierto el camino a nuevas generaciones de test más precisos de las formulaciones de Einstein y sus predicciones, resalta la Real Academia sueca.

Aunque la idea de la existencia de “estrellas oscuras” se remonta a finales del siglo XVIII, la primera descripción teórica de lo que ahora se conoce como agujero negro apareció pocas semanas después de que Einstein publicara su teoría en 1915 y los primeros cálculos del colapso de una estrella masiva los hizo Robert Oppenheimer en la década de 1930.

La cuestión de la existencia de los agujeros negros resurgió en los años sesenta con el descubrimiento de los cuásares, los objetos más brillantes del universo, algunos de los cuales emitieron ya sus radiaciones en los inicios del universo, lo que planteaba dudas sobre el origen de este y apuntaba como única posibilidad a la materia absorbida por un agujero negro.

Obsesionado por la formación de esos fenómenos, Penrose recurrió a métodos matemáticos ingeniosos como las superficies atrapadas, que fuerzan a todos los rayos a apuntar a un centro, independientemente de si la superficie se dobla hacia afuera o hacia adentro.

Usando esta herramienta matemática el científico británico pudo probar que un agujero negro siempre oculta una singularidad, un límite donde tiempo y espacio terminan, además de desarrollar un concepto central en la demostración del teorema de la singularidad.