Sin imaginárselo, el presidente electo quedó atrapado por la reforma laboral. El sueño (o el señuelo) de que Felipe Calderón pagaría los costos del desgaste de la reforma con los sindicatos y el movimiento social, mientras que EPN capitalizaría los beneficios con los empresarios y el capital externo, ya no fue. Ahora EPN tiene que decidir entre opciones menos agradables, con el consecuente impacto para el arranque de su gobierno.

Si el PRI pierde la votación en el Senado, será una derrota antes de que inicie el partido. Si la gana, dejará la impresión de que la locomotora del antiguo régimen está de regreso, pero con un alto costo para el presidente electo. Aun si el PRI lograra ganar la votación en el Senado por medio de la cooptación y la minuta regresara intacta a la Cámara de Diputados, la demostración del rechazo del presidente electo a sus contendidos de democracia, transparencia y rendición de cuentas le pegará en uno de sus flancos más vulnerables: la legitimidad. Su discurso internacional de modernidad, transparencia, combate a los monopolios y presidencia fuerte quedaría hueco. Si en la reforma más fácil no pudo someter a los suyos, ¿cómo podrá someter a intereses más poderosos que él no controla? 

La reforma laboral es la reforma menos complicada de las que ha anunciado el presidente electo. La reforma fiscal que incluiría la generalización del IVA generaría mayores resistencias, aun dentro del PRI. La reforma energética —que incluiría la reforma al artículo 27 constitucional— es todavía más divisiva. Si EPN se tropieza en su primer movimiento, la posibilidad de que se tropiece en los que siguen, será muy alta. Por sus contenidos, las alianzas que representa, la expresión de fuerzas y el momento en el que ocurre, la reforma laboral impactará el arranque del nuevo gobierno. 

Para el PAN y el PRD el desenlace de la votación les es crucial. Si el PAN no aporta todos sus votos para impulsar la modificación de la minuta en sus contenidos de democracia, transparencia y rendición de cuentas sindicales, quedaría en adelante subordinado al PRI, con las correspondientes consecuencias electorales y políticas. Si la izquierda no aporta todos sus votos para regresar la minuta, verá esfumados sus 15.8 millones de votos y perderá su capacidad de ser una fuerza que incide en la toma de decisiones, para ubicarse de nuevo en la marginalidad, también con sus consecuentes costos políticos y electorales. Para la izquierda, dividirse sería marginarse. Para el PAN oponerse a la democracia y la transparencia sellaría su descrédito ante sus propios electores. 

Para el presidente electo la reforma ya se enredó. Lo previsible es que intente ganar la votación al costo que sea para que la minuta regrese intacta a la Cámara de Diputados. El balance ya no será el que imaginó: si gana, conseguirá el aplauso empresarial, pero al costo de la inconformidad de la base obrera, el descrédito de su discurso modernizador y la reactivación de la agitación política en las semanas previas a su toma de posesión. 

También puede perder. Es posible que al intentar ganar al costo que sea la votación en el Senado, la pierda. Que la minuta regrese a la Cámara de Diputados. Si los diputados la aprueban, la victoria sería para el PAN; si no, para el PRD. EPN cargaría con los costos: se marcaría como contrario a la democracia y la transparencia, quedaría mal con los empresarios y habría debilitado la viabilidad del conjunto de sus “reformas estructurales”. 

Lo que está de por medio es más que una modernización de la Ley del Trabajo. Lo que está de por medio es un reequilibramiento de los factores de la producción que beneficia a los patrones y debilita a los trabajadores. También, la primera prueba al nuevo gobierno. Ante un desafío así, la inercia no es la mejor consejera. El nuevo contexto político aconseja —a todos— revisar sus agendas y la estrategia conveniente. 

 Senador por el PRD