De la redacción
El Buen Tono
«En mi corazón siempre seré mexicano» es la frase que acompaña el monumento dedicado a Yuri Valentinovich Knórozov en Mérida, Yucatán, como reconocimiento a uno de los investigadores que logró descifrar la escritura jeroglífica de los antiguos mayas.
La historia de Knórozov comenzó a tomar rumbo hacia la cultura maya en 1945, cuando, tras la derrota de la Alemania nazi, el entonces joven soldado soviético ingresó a Berlín. En una biblioteca encontró dos obras que cambiarían su vida: la Relación de las cosas de Yucatán, de Diego de Landa, y un facsimilar de antiguos códices mayas.
Knórozov había nacido el 19 de noviembre de 1922 en la entonces Unión Soviética, en una familia de intelectuales. Estudió Historia en la Universidad Estatal de Moscú y tenía una particular facilidad para los idiomas. Además de sus estudios académicos, aprendió por cuenta propia lenguas como el griego, el árabe y el chino.
En 1941 interrumpió sus estudios para incorporarse a las fuerzas soviéticas. Entre 1943 y 1945 se desempeñó como observador de artillería y posteriormente participó en la entrada del Ejército Rojo a Berlín.
Fue durante ese periodo cuando encontró los libros relacionados con la cultura maya que despertaron definitivamente su interés. Al regresar a la Unión Soviética, cambió su orientación académica hacia la etnografía y comenzó a realizar investigaciones arqueológicas en Asia Central.
Su interés por las antiguas culturas y los sistemas de escritura lo llevó a estudiar egiptología y jeroglíficos. En ese camino encontró el trabajo del investigador Paul Schellhas sobre la escritura maya, texto que terminó por convencerlo de que aquel sistema podía ser descifrado.
Knórozov sostenía que cualquier sistema creado por el ser humano podía ser comprendido por otro ser humano. Con el respaldo de su profesor Serguéi Tókarev, emprendió la investigación que marcaría su trayectoria.
Debido a las restricciones de la Guerra Fría, no pudo viajar a México para realizar sus estudios. Desde Leningrado trabajó con facsimilares de los códices de Dresde, París y Madrid, además de estudiar la obra de Diego de Landa.
Su principal aportación fue comprender que la escritura maya no funcionaba simplemente como un alfabeto. Mediante el análisis de la frecuencia y combinación de los signos, identificó que el sistema incluía logogramas y signos fonéticos de carácter silábico.
En 1952 publicó el trabajo La escritura antigua de América Central, donde presentó parte de sus conclusiones sobre la escritura maya. Sus investigaciones enfrentaron inicialmente una fuerte resistencia entre algunos especialistas internacionales, en parte por el contexto político de la Guerra Fría.
Sin embargo, sus aportaciones terminaron por transformar los estudios sobre la escritura maya y abrieron nuevas posibilidades para comprender los textos dejados por esa civilización.
Knórozov también desarrolló una relación especial con México. En 1991 viajó a Guatemala, donde recibió la Orden del Quetzal y visitó sitios arqueológicos como Tikal y Uaxactún.
Tres años después llegó a México para participar en el Tercer Congreso Internacional de Mayistas. Ese mismo año recibió la Orden del Águila Azteca, la máxima condecoración que México otorga a extranjeros, reconocimiento que consolidó el vínculo entre el investigador y el país cuya cultura había estudiado durante décadas.
Knórozov murió en 1999 en San Petersburgo, víctima de un derrame cerebral. Su legado permanece en México, particularmente en el sureste del país, donde monumentos e instituciones llevan su nombre.
A décadas de sus investigaciones, Yuri Knórozov es recordado como el investigador que, sin haber podido viajar durante años a México, logró acercarse a la civilización maya desde miles de kilómetros de distancia y contribuir decisivamente al desciframiento de su escritura.
