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Temor e incertidumbre

Superiberia

Por: Catón  / columnista

“¿Ya se te olvidó que me juraste que te casarías conmigo?”. Esa pregunta le hizo Floribel a su novio Libidiano. Y es que el lúbrico galán había obtenido de ella el máximo favor después de prometerle que la llevaría al altar. Al único lugar que la llevó fue a la Nevería Paricutín, frente a la plaza. Fue ahí donde la cándida muchacha le hizo aquella pregunta: “¿Ya se te olvidó que me juraste que te casarías conmigo?”. Respondió Libidiano: “Dame tiempo”. Inquirió, ilusionada, Floribel: “¿Para casarte conmigo?”. “No –respondió el infame seductor. Para que se me olvide el juramento que hice”…

La esposa de Babalucas le dijo en altas horas de la noche: “Tengo insomnio”. El badulaque le sugirió: “Duérmete, a ver si se te pasa”… Himenia Camafría y Solicia Sinpitier, maduras señoritas solteras, fueron al zoológico de la ciudad. Al pasar frente al sitio donde estaba el gorila el simio dio un gran salto, tomó en sus membrudos brazos a Solicia y se metió en su cueva con la espantada mujer. La señorita Himenia le gritó al gorila: “¡Bestia infame! ¿Qué tiene ella que no tenga yo?”…

Sonó el teléfono y don Astasio, recién llegado de un viaje, tomó la bocina. “No sólo el campo –dijo. También en las ciudades reina la libertad que forjaron los héroes que nos dieron Patria”. Tras decir eso colgó. Preguntó, nerviosa, Facilisa: “¿Quién era?”. Respondió don Astasio: “Un imbécil que antes de que yo hablara preguntó si estaba libre el campo”… “La bohemia es muy linda, Catoncito, pero si no la sabes manejar te jode”. Eso me decía Roberto “Babi” Herrera, gran músico, inolvidable amigo. Era yo muy joven y me gustaba la vida nocturna. Cantaba tolerablemente; sabía recitar el poemario de cantina: los versos lacrimógenos de Rivas Larrauri, las desmesuras de Antonio Plaza, los sanguinosos melodramas de Felipe Guerra Castro. Noche a noche me reunía con otros como yo y decíamos poemas y cantábamos hasta que el Sol asomaba sobre las montañas que circundan a Saltillo, mi ciudad.

Eso era lo nuestro. Después cada quien se iba a lo suyo. Uno a Catedral, a esperar la misa de 8; otro a su trabajo de profesor de escuela; yo a mi periódico, “El Sol del Norte”, a recoger las órdenes de reportero que cumpliría después de ir a mi casa a dormir cuatro o cinco horas. Y así día tras día. Puedo decir lo mismo que el poeta: si no caí fue porque Dios es bueno. De esa vida me sacó el amor. Conocí a María de la Luz, y ella se convirtió en mi vida. Dejé la bohemia, y en vez de ir al bar con los bohemios a beber tequila me iba con mi novia a tomar café en el merendero de los hermanos Mena, Ernesto y Jesús Carlos. Cuando entrábamos ahí mi amigo “Babi” Herrera, que en el lugar tocaba el piano, interrumpía siempre la pieza que estaba interpretando y nos regalaba las notas de “Cabellera rubia”, de Lara, en homenaje a mi preciosa novia. Todo eso sucedió hace mucho tiempo.

Recuerdo todavía; sin embargo, algunos versos de aquellos desgarrados poemas tabernarios: “En un charco de sangre ahí estaba tendida, / para siempre callada, para siempre dormida”, y vienen a mi memoria las notas de las canciones saltilleras que cantábamos entonces: “Sol tempranero”, de Medrano y Bárcenas; “Quisiera”, del Chato Izaguirre; “Inspiración”, de Antonio Yeverino… Otras dos canciones he evocado ahora, ambas del inmenso Gonzalo Curiel: “Incertidumbre” y “Temor”. Pero esos títulos no me los traen a la mente los pasados tiempos. Me vienen por el sentimiento que priva en estos primeros días del año a causa de la inseguridad reinante, y por la inquietud de lo que hará el impredecible –o tan predecible– López Obrador. Así empezamos este 2020: con temor e incertidumbre… FIN.

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