Parece una tortuga, tiene sus aletas, su cabeza, su caparazón, pero no es una tortuga. Es un dron que imita su forma pero está lleno de cámaras de video, cables, placas solares, sensores y sistemas delicados aunque de bajo coste para detectar microplásticos en los océanos.

Bajo el caparazón hecho a base de placas de plástico reciclado se oculta el corazón de Tortuga Guardián, uno de los diez proyectos que cien iberoamericanos apuran hasta mañana, cuando cierra el sexto Laboratorio de Innovación Ciudadana organizado por la Secretaría General Iberoamericana en Liberia (Costa Rica).

Los expertos calculan que, cada año, los seres humanos vertemos alrededor de ocho millones de toneladas de estas piezas imperceptibles y que cada uno de nosotros podemos llegar a ingerir y respirar entre 70 mil y 121 mil en el mismo periodo de tiempo.