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De política y cosas peores

Superiberia

Pirulina invitó a su amigo Leovigildo a visitarla en su departamento. Le dijo que había preparado para él una sabrosa cena. “¡Caramba! -exclamó él, agradecido-. ¡Qué grato será disfrutar de tus habilidades culinarias!” “Sí -admitió ella-. Pero después de cenar”. Don Iterio se veía agotado, falto de fuerzas, abatido. Un amigo le preguntó la causa de su debilidad. Explicó él: “Mi mujer trabaja en una sala de lactantes y cuando terminamos de hacer el amor siempre me da palmaditas en la espalda para que repita”. La esposa del científico se presentó sin aviso en el laboratorio de su cónyuge y lo sorprendió en trance muy comprometido con su bella asistente. Antes de que la indignada señora pudiera pronunciar palabra el científico adelantó una explicación: “Recuerda, Bursala, que te dije que estaba tratando de producir la vida en condiciones de laboratorio”. Gerinelda le contó a su compañera de cuarto: “No supe lo que hacía, pero mi novio me dijo que lo hice muy bien”. En el lecho conyugal la señora le dijo con enojo a su marido, que recientemente se había retirado: “Veo que no ahorraste nada para la jubilación”.
Ya nada lo hacen como lo hacían antes. Ni siquiera la nada la hacen ahora como la hacían antes, si me es permitida esa melodramática frase nihilista. Tomen mis cuatro lectores como ejemplo los Juegos Olímpicos de Tokio. No se ve en ellos el entusiasmo y emoción que suscitaban las Olimpiadas en los felices tiempos anteriores a la pandemia. Y es que no hay nada tan vacío como un estadio vacío, si se exceptúa un vacío corazón. (¡Uta! ¡Otra vez el melodrama!). El aplauso y los gritos callarán; se oirá solo el ruido temeroso del silencio. Las medallas de oro, plata y bronce sacadas del vientre de los celulares podrían ser sustituidas por preseas de cartón, material de que están hechas las camas donde los deportistas dormirán, camas que, al igual que la mayoría de las religiones, son enemigas del sexo por placer. Es una pena. Así como las fiestas de la gente, también se ha opacado esta fiesta del mundo. ¿Cuándo volverán a hacer las cosas como las hacían antes?… El joven guerrero maya le dijo a su novia después de concluir el acto del amor: “Alégrate, Nicté y dame las gracias. Después de esto ya no corres el riego de que los sacerdotes te arrojen al cenote de las vírgenes”. En el Bar Ahúnda un tipo le confió lleno de tristeza al hombre que bebía a su lado en la barra: “Bebo porque mi mujer su fue con otro”. Lleno de aflicción gimió el vecino: “¡Y yo bebo porque soy el otro!” El astrólogo le preguntó a la joven mujer que lo consultaba acerca del futuro de su bebé: “¿Bajo qué signo concibió usted a su hijo?”, Replicó ella: “Bajo uno que decía; ‘No pise el césped’”. Después de cenar don Frustracio se asomó por la ventana y le comentó a su mujer, doña Frigidia: “El cielo se ve hermoso. Hay luna llena”. Al punto acotó ella: “Hoy no. Me duele la cabeza”. El cuento que pone fin a esta sucesión de chascarrillos no debe ser leído por personas con escrúpulos de moralina. Lo leyó doña Tebaida Tridua, presidenta ad vitam interina de la Pía Sociedad de Sociedades Pías y sufrió un accidente de erisipela que hubo de serle tratado con emplastos de populeón. Si los moralistas no quieren exponerse a un episodio semejante sáltense en la lectura hasta donde dice FIN. Don Valetu di Nario, caballero de madura edad, fue con la joven y linda Loretela a la habitación 210 del popular Motel Kamawa. Ahí le dijo, extático: “¡Qué hermosa eres! Pensé que ya estaba yo en vías de extinción, pero al verte estoy ahora en vías de extensión!”. (No le entendí). FIN.

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