La Navidad

CATÓN
Columnista

Dijo el hombre en el confesonario: “Anoche, padre, tuvo sexo con Pomponona, la mujer más bella, escultural y voluptuosa del pueblo. Tiene unas…”. “No me la describas –lo interrumpió con presteza el sacerdote-. La conozco bien. Ella y las inconsecuencias de mi obispo son lo único que me ha hecho arrepentirme de ser cura. De penitencia rezarás un rosario”. “Ignoro cómo se reza eso –declaró el individuo-. No soy católico”. “¿No eres católico? –se sorprendió el presbítero-. ¿Y entonces por qué vienes a contarme que tuviste sexo con Pomponona?”. Replicó el sujeto, orgulloso: “A todo el mundo se lo estoy contando”… Mis cuatro lectores perdonarán mi pesimismo, pero pretender acabar con la corrupción en las aduanas es como querer tapar las cataratas del Niágara con un tapón de corcho. Podrá López Obrador frenar la corrupción en otras dependencias, pero no en ese caldero del diablo que las aduanas son. Quien vaya a administrarlas entrará en un terreno en el que tarde o temprano tendrá que optar entre la plata o el plomo. O la fuga. De ahí las renuncias de los dos directores aduanales nombrados por el Presidente; de ahí también que se diga que el tercero que designe se sacará la rifa del tigre. Esdrújula palabra es el vocablo “ínsito”. Se aplica a lo que es consustancial a algo. En México la corrupción ha sido siempre ínsita a las aduanas. Desde la pequeña corrupción de las señoras que en mis tiempos ponían un billete de 20 pesos en la maleta para que el aduanal disimulara las medias y chocolates que traían, artículos prohibidísimos entonces, hasta la gran corrupción de los políticos que contrabandeaban trailers enteros de mercancía. Todo lo que cupiera por el puente se podía pasar si se untaban convenientemente las convenientes manos. El chacualeo que había en las aduanas, se decía, salpicaba hasta mero arriba. En Tamaulipas había un mirlo blanco, un empleado de aduanas incorruptible. Su apellido era Ficachi. Bastaba oír ese nombre para temblar. “Ojalá no esté Ficachi en la pasada”. Hasta donde se sabía era el único aduanal honesto, y sin embargo la gente le temía, y aun lo detestaba. Y es que todos participábamos de esa corrupción, siquiera fuese mínima, y nos estorbaba aquel hombre honrado a quien odiaba todo mundo empezando por sus propios compañeros. Le era aplicable la frase que a López Mateos se atribuye: “Todo mexicano tiene la mano metida en el bolsillo de otro mexicano, y ay de aquel que rompa esa cadena”. Ahora se habla de la intención de AMLO de poner las aduanas en manos militares. Tendría aplicación aquí eso de “a grandes males grandes remedios”, pues hoy por hoy las aduanas están en peores manos que las de simples aduanales corruptos. Yo estoy convencido de que es sincera la lucha de López Obrador contra la corrupción. Ojalá tenga éxito en este ámbito, el aduanero, quizás el de mayor dificultad de todos… Meñico Maldotado se llama este muchacho con quien la naturaleza se mostró avara en la parte correspondiente a la entrepierna. Me hace recordar al tipo aquel a quien le preguntó una encuestadora: “¿Qué cree usted que sea más importante en el varón: el tamaño o la técnica?”. “Desde luego la técnica” –respondió sin vacilar el individuo. Le dijo la encuestadora a su compañera: “Lilibel: anota a otro de picha corta”. Pero veo que me estoy apartando del relato. Vuelvo a él. La noche de las bodas Meñico se plantó frente al tálamo nupcial y con elegante desgaire dejó caer la bata de popelina anaranjada que lo cubría, con lo que se presentó por primera vez au naturel ante su flamante mujercita. Lo vio ella y preguntó: “¿Qué habrá en la tele?”… FIN