CATÓN
Columnista

Plaza de almas
Los días que corren -que tan lentamente corren- son propicios a la murria. Esa palabra ya no se usa, Armando. Se usan palabras como WhatsApp, Facebook e Instagram, pero murria no. La murria es una especie de melancolía que nada tiene de poética, sino que más bien tira a lo prosaico. No les da a los poetas: les da a los burócratas y a los dependientes de comercio. Con la melancolía puedes escribir los versos más tristes esta noche; con la murria lo único que puedes hacer es cargarla como una bolsa de 10 kilos de papa. ¿Qué es, sobrino, lo que tú yo traemos en estos días de confinamiento? ¿Melancolía o murria? Creo que es lo segundo, porque al menos yo no he escrito versos, y pienso que tú tampoco. En el caso de que los hayas escrito te pido que me hagas la caridad de no leérmelos. Necesitamos, Armando, algo que nos alegre y nos haga olvidarnos por unos minutos del Coronavirus y demás virus que en este desventurado país estamos padeciendo. Con tal propósito te contaré un breve cuento de frontera. Los cuentos de frontera son siempre muy sabrosos. Tienen el ingenio de la gente del norte, su picardía y travesura. Tienen también sus moditos de hablar, tan distintos en la letra y en la música de los del centro y sur de la República. Y va ese cuento. Sucede que dos parejas de compadres, vecinos de algún pequeño pueblo fronterizo, decidieron pasarse “al otro lado”. No eran aquellos tiempos los de ahora, de Trump, tan dificultosos, tan llenos de riesgos y peligros para los migrantes. Eran los años buenos, de mediados del pasado siglo, en que los braceros mexicanos eran bien recibidos por los americanos, si no muy bien tratados. Se fueron, pues, los dos compadres y las dos comadres. Los cuatro hallaron trabajo en una plantación algodonera, donde los engancharon -así se decía- para hacer la pisca. Todos los días al amanecer el capataz le daba a cada uno su saca, que es un costal de lona, mucho más largo que ancho, con una banda para colgarse del hombro mientras el jornalero lo va llenando con los capullos de la blanca fibra. Pesada era la faena de quien recogía el algodón. Debía ir agachado. Así iba una de las comadres cierta mañana, agachada, tan agachada que las cortas enaguas que vestía se le levantaban y dejaban al descubierto lo que más abajo llevaba la mujer. Vio aquello su compadre, que iba atrás de ella, y le dijo: “Comadrita: permítame decirle que trae usté puesto el calzón de mi compadre”. Sin inmutarse, sin volver la vista, respondió la comadre: “Y no dudo que él traiga puesto el mío, porque anoche estuvimos sonseando para siempre”. ¡Qué bonita expresión ésa de “sonsear para siempre”! Sonsear quiere decir tontear, hacer o decir tonterías. En este caso la comadre empleó esa palabra para significar que la noche anterior su marido y ella se habían entregado a los placeres del amor, esa tan dulce tontería. Y lo de “para siempre” quería decir que lo hicieron con tanto deleite y gozo, y con tanta duración, que la memoria de aquella noche sería memorable. Así debe ser el amor, ¿no crees, Armando? Un sonsear para siempre; una locura hermosa y duradera. No importa nada que los arrebatos de esa pasión nos lleven a cometer errores tales como el de compadre y su mujer, u otros aún mayores. Eso es lo de menos. Lo de más es el sonsear, y hacerlo en tal manera que lo efímero se vuelva eterno. Sonsear, sí, pero para siempre. Ahí radica la esencia última de amar. Quien ha sonseado para siempre puede decir que encontró el verdadero amor. En el número de tan felices halladores se cuenta, sobrino, este tu tío Felipe. Por eso doy gracias a la vida. Y a la Vida… FIN.