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CATÓN
Columnista

“Huele a cuerno quemado” —dijo uno de los invitados a la carne asada: “Cucoldo —le indicó la anfitriona a su marido—. No acerques la cabeza al fuego”…

Debemur morti nos nostraque. Tanto nosotros como nuestras cosas nos debemos a la muerte. Esa doliente frase pertenece a una de las Epístolas de Horacio. Consciente de la verdad de sus palabras, don Lutocio se dedicó a la oratoria cineraria, o sea de cementerio. Con frecuencia era invitado a los sepelios a pronunciar el elogio fúnebre del desaparecido o la finada. Tenía por principio inalterable que de los muertos no se deben decir más que las cosas buenas. Aunque el ocupante del ataúd hubiera sido un cabrón, o la difunta una arpía, se volcaba en alabanzas ditirámbicas para él o ella.

No hacía como el autor de aquella lápida que decía: “Aquí yace la señora Fulana de Tal. Hija ejemplar. Madre abnegada. Esposa regular”.

En cierta ocasión don Lutocio fue invitado a perorar en el entierro de un sujeto de vida gris y adocenada. No se le conocieron al difunto acciones malas, pero tampoco buenas. Pasó por la vida como si no hubiera vivido. No aportó nada al mundo aparte de su sombra. Fue de aquellos espíritus mediocres a los que Dante condenó a estar en el limbo.

Esa vez el orador estuvo corto en sus palabras. Su discurso fue agua de borrajas. Casi se limitó a decir las fechas de nacimiento y muerte del difunto, y poco más. Acabado el sepelio alguien le hizo notar al orador su parquedad. Exclamó él, irritado: “¡Es que el muerto no ayudaba!”

Nadie podrá negar que AMLO es impredecible. Hoy dice una cosa, mañana la contraria y viceversa. Reciente ejemplo: hace unos días le preguntaron si había leído un editorial del “Financial Times” en el cual se ponía de oro y azul a su gobierno. Respondió diciendo que si no leía las editoriales (sic) de “Reforma” y “El Universal”, menos iba a leer los de ese periódico extranjero. Y sin embargo en su conferencia mañanera de ayer López Obrador se quejó —aunque dijo que no se estaba quejando— de que todos los artículos editoriales de esos diarios señalan siempre cosas malas de la 4T, y nunca cosas buenas. ¿En qué quedamos por fin? ¿Los lee o no los lee?

Por lo que a mí toca arriesgaré una tesis para explicar la abundancia de notas negativas sobre AMLO y la escasez de opiniones favorables. ¡Es que el vivo no ayuda!…

Ya conocemos a Capronio: es un sujeto ruin y desconsiderado. Con motivo del obligado encerramiento de estos días su esposa releyó un libro de juventud: “La vuelta al mundo en 80 días”, de Verne. (Cosa de coincidencia: yo estoy volviendo a leer un delicioso libro de mis años mozos: “Viaje alrededor de mi cuarto”, de Xavier de Maistre. Lo escribió en el curso de un arresto domiciliario que duró más de 40 días, y en él hizo reflexiones acerca de sí mismo, del mundo y de la vida, de sus recuerdos y sus futuros planes.

He aquí la forma en que concluye esas meditaciones, aplicable, pienso, al aislamiento en que ahora estamos con motivo del coronavirus: “País encantador es el de la imaginación, que el Ser bienhechor por excelencia ha dado a los humanos para consolarlos de la realidad. Me han prohibido ir y venir en una ciudad, pero me han dejado el Universo. La inmensidad del mundo y la eternidad están bajo mis órdenes”.

Advierto, sin embargo, que me he apartado del relato. Vuelvo a él. La mujer de Capronio comentó: “Aquí dice que en algunas regiones de la antigua India había la costumbre de quemar viva a la esposa de un difunto para que siguiera en la muerte a su marido y estuviera con él hasta el fin de los tiempos”. “¡Caramba! —exclamó Capronio condolido—. ¡Pobre hombre!”— Saltillo, Coahuila.

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