Por Andrés Timoteo / columnista

DÍA 11: EL DECAMERÓN HOY 

“A la ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección que había comenzado algunos años antes en las PARTES ORIENTALES privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose sin descanso de un lugar en otro, se había EXTENDIDO miserablemente a OCCIDENTE…

 …Y no valiendo contra ella ningún saber ni providencia humana (como la limpieza de la ciudad de muchas inmundicias y la prohibición de entrar en ella a todos los enfermos y los muchos consejos para conservar la salubridad) ni valiendo tampoco las humildes súplicas dirigidas a Dios por las personas devotas no una vez sino muchas ordenadas en procesiones o de otras maneras, casi al principio de la PRIMAVERA empezó horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos…

 …Y esta pestilencia tuvo mayor fuerza porque de los que estaban enfermos de ella se abalanzaban sobre los sanos con quienes se comunicaban, no de otro modo que como hace el fuego sobre las cosas secas y engrasadas cuando se le avecinan -acercan- mucho. Y más allá llegó el mal: que no solamente el HABLAR y el TRATAR con los enfermos daba a los sanos enfermedad o motivo de muerte común, sino también el TOCAR los paños o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por aquellos enfermos, que parecía llevar consigo aquella tal enfermedad hasta el que tocaba…

…Y había algunos que pensaban que vivir moderadamente y guardarse debía ofrecer gran resistencia al dicho accidente y, reunida su compañía, vivían separados de todos los demás recogiéndose y ENCERRÁNDOSE en aquellas casas donde no hubiera ningún enfermo y pudiera vivirse mejor…(pero) siguió la muerte de muchos que, por ventura, si hubieran sido ayudados se habrían salvado…

 …Era tanta en la ciudad la multitud de los que de DÍA y de NOCHE MORÍAN, que causaba estupor oírlo decir, cuanto más mirarlo…eran muchos los que de esta vida pasaban a la otra sin testigos; y poquísimos eran aquellos a quienes los piadosos llantos y las amargas lágrimas de sus parientes fuesen concedidas, sino que en lugar de ellas eran por los más acostumbradas las risas y las agudezas y el festejar en compañía…

 …¿Qué más puede decirse, tanta y tal fue la crueldad del cielo, y tal vez en parte la de los hombres, que entre la fuerza de la pestífera enfermedad y por ser muchos enfermos mal servidos o abandonados en su necesidad por el miedo que tenían los sanos, a más de cien mil criaturas humanas, ENTRE MARZO y el JULIO siguiente, se tiene por cierto que dentro de los muros de Florencia les fue arrebatada la vida, que tal vez antes del accidente mortífero no se habría estimado haber dentro tantas?…

 …Y, si salimos de aquí, vemos cuerpos muertos o enfermos llevados por las calles, o vemos aquellos a quienes por sus delitos la autoridad de las públicas leyes condenó al exilio. Y no otra cosa OÍMOS sino ‘los tales son muertos’ y ‘los otros TALES ESTÁN MURIÉNDOSE’; y si hubiera quien pudiese hacerlo, por todas partes oiríamos dolorosos llantos…

 …Y si a nuestras casas volvemos, empavorezco y siento que se me erizan los cabellos, y me parece, dondequiera que voy o me quedo, ver la sombra de los que han fallecido…Tanto más ahora cuando me parece que no hay persona que aún tenga pulso y lugar donde ir, que se haya quedado (es mejor) aquí a salvo, solos y acompañados, de día o de noche”…

EL TIEMPO EN ESPIRAL

 Hasta ahí el texto que describe lo que sucede en Florencia, Italia, castigada por la peste. Sí, pero no es la Italia actual sino la de hace casi 700 años. Los párrafos de arriba son extractos del libro “El Decamerón” escrito por Giovanni Boccaccio en 1351 y en el que da cuenta de la pandemia de peste bubónica producida por la bacteria “Yersinia pestis” que mató a 25 millones de personas en el siglo XIV.

El libro de Boccaccio no se centra concretamente en la enfermedad, sino que le sirve de contexto para la mayor parte del contenido que son cien cuentos narrados por los diez protagonistas de la obra, siete hombres y tres mujeres quienes para huir de la epidemia se encierran en una casa de campo, alejados del contacto con otros seres humanos -se pusieron en cuarentena – y consumen el tiempo en actividades de ocio, entre ellas narrar historias cada uno para el resto.

 Sin embargo, lo cronicado por el escritor toscano es asombrosamente parecido a lo que sucede actualmente con la pandemia del Covid-19 o Coronavirus, y los ingredientes son sorprendentes -por eso  las palabras resaltadas con mayúsculas-: una enfermedad desconocida que no pudieron tratar los médicos ni las oraciones, que se originó en Asia y se extendió por occidente, que su llegada a Europa fue en la primavera de 1348 y se extendió hasta el verano de aquel año.

 El escenario en la Italia medieval, el mismo país que hoy es el más azotado de todo Europa y que acumula el mayor número de infectados y fallecidos de los 177 países que ya fueron invadidos por la gripe viral. Boccaccio relata que la gente moría día y noche, tal como sucede ahora, que para no infectarse no se tocaba ni trataba con los que portaban el virus y que muchos, como los diez protagonistas de su novela, optaron por el aislamiento social a fin de evitar el contagio.

 Vaya, como dijera el colombiano Gabriel García Márquez con su realismo mágico: el tiempo gira en espiral y hoy se repite lo que sucedió hace siete siglos. Es “El Decamerón” hoy. Por supuesto que tras este episodio negro deberán surgir nuevos Boccaccios que narren las historias que se están desarrollando tras los muros y ventanas, en los hospitales y tanatorios, en la Europa castigada y en América o África o a donde se dirija la peste.

 Los cien cuentos de “El Decamerón” que algunos les han llamado ‘los cuentos del miedo’ -tal vez porque se contaron en medio del pánico- en realidad son historias para elevar el ánimo. Todos los protagonistas de estas pasan penurias y riesgos de muerte, pero al final salen bien librados, con la pareja amada y algunos hasta ricos y encumbrados socialmente. Claramente, “El Decamerón” no es un libro necrológico, sino una terapia contra la adversidad.