Héctor Aguilar Camín
Columnista

La captura de José Antonio Yépez, “El Marro”, sanguinario jefe del llamado cártel Santa Rosa de Lima que asolaba Guanajuato, es un triunfo de las autoridades.
Es el primer golpe serio al crimen de los últimos dos años.
Se da, prometedoramente, mediante la colaboración del gobierno local y el federal, en alivio de un estado que parecía estar a merced de una banda y en defensa de una de las economías regionales más prósperas del país, puesta en jaque por el único, pero terrible factor adverso de la violencia, la inseguridad, la impunidad de los delincuentes.
Quiero pensar que la captura de “El Marro” es el primer fruto de la reciente gira del presidente López Obrador por el Bajío y donde anunció el principio de una colaboración del gobierno federal con los gobiernos estatales, para limpiar la región de los criminales que la llenan de sangre y de miedo.
El siguiente escalón de limpia en la escalera, quizá cesar el Cártel Jalisco Nueva Generación, cuya guerra con “El Marro” para quedarse con Guanajuato explica buena parte de la violencia en ese estado.
El CJNG explica también buena parte de la violencia en Jalisco, en el occidente en general y en muchas otras partes del país, pues el CJNG, a diferencia del cártel Santa Rosa de Lima, tiene pretensiones de banda nacional.
La historia nos enseña que descabezar un cártel no es garantía de desaparición de la violencia. El descabezamiento suele dar paso a nuevos picos de violencia por guerras intestinas o por la ofensiva de bandas rivales.
Puede haber una ola de violencia por la ofensiva del CJNG contra lo que quede del cártel Santa Rosa de Lima. Pero la detención de “El Marro” es un mensaje potente en sí mismo, pone fin a una situación que era ya simplemente intolerable.
No es, no debe pensarse como un punto de llegada, pero es un logro importante, y un buen punto de partida hacia adelante.
Conviene subrayar aquí que la captura de “El Marro” no fue producto de un operativo sangriento, sino de una operación cuidadosa de inteligencia. Hay un camino intermedio entre los abrazos y los balazos: la precisión operativa.