Leo Zuckermann
Columnista

• Presidentes van, presidentes vienen y la delincuencia organizada cada vez está más envalentonada. La estrategia de utilizar a las Fuerzas Armadas en labores de seguridad pública no está funcionando.

Aquí estamos, tres presidentes después, con la maldita violencia encima. Cada vez peor. Lo dicen los números. Récords de homicidios dolosos por mes. Y ahora, a escasos diez kilómetros de la sede del Poder Ejecutivo Federal, donde vive y trabaja el Presidente de México, un nutrido grupo de sicarios atentó en contra de la vida del secretario de Seguridad Ciudadana de la capital de la República.
Nada menos que en las Lomas de Chapultepec, uno de los lugares más vigilados del país, donde hay mucha policía porque ahí se encuentran la mayoría de las residencias de los embajadores que representan a sus naciones en México. Un barrio de gente adinerada que cuenta con ejércitos de escoltas privados.
Ahí, en plena avenida Reforma, los asesinos atravesaron un camión de carga para disparar cientos de balas en contra del vehículo donde venía el jefe de la policía capitalina. Claramente tenían un plan: tres lugares donde podrían interceptarlo.
Murieron tres personas. Dos escoltas y una pobre mujer que pasaba por ahí. Omar García Harfuch sobrevivió gracias al blindaje de su camioneta. Salió herido, pero, por fortuna, ya está recuperándose.
Qué bueno porque, según todos los expertos de seguridad que conozco, se trata de un buen policía: joven, entrón, con ideas nuevas y eficaz para resolver casos complejos.
De hecho, lo que necesita este país son más jefes policiacos como Omar García. Civiles preparados en labores policiacas, no militares realizando dichas labores. Ésa ha sido la desgracia de este país. Tres presidentes —Calderón, Peña y López Obrador— que han metido cada vez más a las Fuerzas Armadas a la seguridad pública.
Y así nos ha ido: mal.
Dice una frase, (falsamente) atribuida a Albert Einstein, que “locura es hacer una y otra vez lo mismo esperando obtener resultados diferentes”. En México llevamos 13 años y medio haciendo lo mismo y cada vez estamos peor.
Hace 12 años, en Tijuana, un grupo le disparó, con armas de alto calibre, aAlberto Capella. El entonces presidente del Consejo Ciudadano de Seguridad de Baja California, hoy secretario de Seguridad Pública de Quintana Roo, salió ileso al repeler la agresión con un rifle. Entrevistado el viernes, Capella dijo que el atentado en contra de García Harfuch era “una imagen impensable en el corazón del país”. Aseguró que la Ciudad de México es el segundo lugar más vigilado del mundo por la gran cantidad de elementos policiacos que tiene, 90 mil (solo Shanghái la supera en número de policías). Pero, además, la capital de México cuanta con un amplio aparato de cámaras de seguridad. “Ya no hay barreras”, remató Capella.
¿Quién sigue después de García Harfuch?
No quiero ni imaginarlo porque esos escenarios son catastróficos.
Presidentes van, presidentes vienen y la delincuencia organizada cada vez está más envalentonada. La estrategia de utilizar a las Fuerzas Armadas en labores de seguridad pública no está funcionando.
Los militares no son, ni nunca serán, buenos policías. Lo que este país necesita son cuerpos policiacos civiles y profesionales, con mandos eficaces, como García Harfuch o Capella. Todo mi respeto a ellos que están dispuestos a jugarse el pellejo para proteger a la ciudadanía.
Calderón, Peña y López Obrador han seguido por el mismo camino y se han tropezado con la misma piedra. Eso sí, los tres han tenido discursos diferentes.Calderón, el de la guerra en contra del crimen organizado. Peña, el silencio frente a un problema evidente. López Obrador, el de abrazos en lugar de los balazos. Ojalá los problemas se resolvieran con discursos. Si así fuera, México sería un paraíso en materia de seguridad. No lo es porque la estrategia ha sido la misma y ha fracasado.
El atentado del viernes fue un claro desafío al Estado y a la sociedad. Los delincuentes demostraron su poderío en el corazón de la República. Tienen los recursos materiales, financieros y humanos para llevar a cabo un sofisticado operativo a diez kilómetros de Palacio Nacional. Los 90 mil policías de la Ciudad de México no pudieron evitar un atentado en contra de su jefe.
Basta ya de apostarle a las Fuerzas Armadas para resolver este tema. Basta ya de discursos o silencios presidenciales como si fueran cura mágica.
No sé cuántas veces lo he dicho a lo largo de estos años, pero hoy lo repito: es hora de que México realice la difícil, costosa y tardada labor de formar cuerpos policiacos civiles, profesionales, honestos y respetuosos de los derechos humanos. Entre más nos tardemos, más irá ganando terreno la delincuencia organizada que, sin pudor alguno, se ha pitorreado del Estado con un operativo para matar a uno de sus principales mandos en el corazón de la República.