Hace 15 días pasé por una cirugía para liberarme de la sinusitis que me persiguió durante más de dos años y que con cada una de sus victorias consiguió mayor territorio. Alteró mis hábitos -o estaba yo enferma, o intentando reparar lo que se me había escapado por haber estado enferma-. Perdí el horizontal: todo me quedó cuesta arriba, en un ángulo resbaloso, cualquier factor podía provocar la recaída. La enfermedad era el único centro sólido.

El centro de operación de la sinusitis estuvo en los senos esfenoidales, atrás de los ojos. Desde ahí emprendía el ataque. Pasé en solo un año por ocho rondas infecciosas con sus tandas de antibióticos y esteroides. 

El foco y el ser de esa enfermedad estaba ahí, junto a la capa que enfunda los sesos. El primer médico que la diagnosticó habló de la amenaza de la meningitis. Lo cierto es que atacaba la concentración, la energía; palidecía la luz interior y apagaba la del mundo. Pasé los dos años luchando porque no se pulsara el apagador que daba la seña para que me gobernara una parodia de la muerte de la conciencia, peleando para no caer en estado de bulto, porque si la infección arreciaba, sucumbiendo me convertía en una especie de cojín, amodorrado y sin huesos; se me cerraban los párpados interiores -los párpados de la conciencia- y me hundía en semi-estado contemplativo que no sabía contemplar, un estado ciego. Digamos que era como hincarse a rezar, juntar las manos, apoyar sobre éstas la frente, encorvar el cuerpo, y ahí paralizarme, enmudecerme (no me refiero a poder apelar a los dioses, sino siquiera poder fingir el ritual).

Probé todo tipo de tratamiento para derrotar a la sinusitis, además de los antibióticos; acupuntura, herbolaria, quiropráctica, homeopatía, aromaterapia. Quería evitar la cirugía, sobre todo por los efectos de la anestesia, esa especie de posesión perniciosa para el ánimo cuyo efecto dura días, si no semanas.

La primera vez que pasé por una anestesia total tenía 11 años, y en ella, como en otras posteriores, la “posesión” fue de pe a pa ingrata. Pero esta vez el efecto fue diferente: al volver, sentí un enorme placer, un placer nuevo, el placer de dormir, como si dormir abriera un territorio ancho, maduro, infantil también, relajado. Los narcóticos que usó el anestesista provocaron algo que yo no conocía. Soy insomne. No tengo esa sensación de placer en el dormir nunca. Dormir es una batalla, una aventura, una puerta hacia los sueños que son un territorio ingobernable, difícil, cargado de tensiones, retos, desafíos. Incluso cuando tomo somníferos, dormir es un área minada. No lo fue en la mesa del cirujano.

El oxígeno de la mascarilla me sacó a patadas del placer de dormir. Para seguir durmiendo me hacía falta aire viciado, aire común, aire de todos. De la mascarilla salía un aire sin voces, sin la compañía que el sueño mullido me había dado. Porque en ese dormir narcotizado, del que no conocí al regresar sino la punta, había un no sé qué comunitario. Ahí no se dormía solo. Había respirado en él un aire coral. Yo había sido todos.

No hay enfermedades sino enfermos. Los síntomas que tuve cuando enferma fueron porque en el punto preciso donde se albergaba el centro de ataque de la infección, atrás de los ojos, es donde tengo el alma. No sólo yo, también algunas buenas películas -como BÁRBARA, de Christian Petzold: para verla hay que abrir los párpados de atrás, los que están atrás de la visión, junto al cerebro, en el punto donde tenemos la conciencia. Si alguien quiere seguir BÁRBARA literalmente, se confundirá. No se ve directo con los ojos, pues no es un baño, un roce a la piel, o un anuncio al oído, sino esa descarga consciente que aterriza entre el olfato, la vista, el oído y el cerebro, próxima a la piel de la razón-.

Tal vez no fue el coctel que usó el anestesista lo que me provocó un efecto muy distinto, sino sentir a los senos esfenoidales por fin libres de su ensaladiña de bacterias.

Sé que es inapropiado hablar de enfermedades y cirugías en medio de las fiestas. Lo que sí es pertinente es desearles un feliz año 13. Les deseo que tengan muchos sueños propios y comunitarios, y que éstos nos traigan a todos realidades posibles.