Para Orla, por su generosidad.

Si usted esperaba que este artículo abordara uno de los grandes acontecimientos políticos del 2012 se llevará una sorpresa. Voy a hablarle de algo que fue muy importante para mí, pero me temo que no se trata de un suceso conspicuo. Confío en que habrá de comprenderme. He dedicado prácticamente todas mis colaboraciones de este año a analizar los episodios más relevantes de la vida nacional e internacional, pero en Navidad —y usted lo sabe si me leyó en este espacio en diciembre pasado— me da por compartir mi intimidad nostálgica y por narrarle recuerdos de mi niñez. Esta vez, sin embargo, voy a evocar infancias más recientes, las de un trío de seres entrañables que acaban de estar conmigo y que me dejaron una gran alegría. Si usted valora la paternidad me va a permitir compartírselas.

Mis tres hijos, juntos, estuvieron conmigo y con mi mujer por primera vez en una temporada prenavideña. Antes de contarle lo que eso significó para mí, y para que conozca a los personajes en cuestión, déjeme citar lo que escribí de ellos hace muchos años en mis dos libros de ensayos vivenciales. Del mayor, Agustín, apunté (Soñar no cuesta nada): “…tiene diez años y unas veinte dudas existenciales. A su lado, Hamlet es un personaje de certezas y Descartes un hombre alérgico a la especulación. Desde que tiene uso de razón se cuestiona todo, desde el enigma de la eternidad hasta la causa por la que la selección mexicana de futbol no ha ganado una copa del mundo, pasando por algunas interpretaciones poéticas sobre la relación amorosa del sol con la luna y las estrellas. Lee y se distrae con una enorme facilidad. Nació sin epidermis emocional y desarrolló una psicología tolstoiana, como su padre. Es sensible y complejo, obstinado y exigente, pero posee una nobleza extraordinaria y un sentido de la lealtad a toda prueba. En síntesis, la suya es una mente profunda apoyada en un corazón blando”.

Del segundo, Alejandro, agregué: “…cumplió seis años y todos sus deseos de ser travieso. Es, sin duda, la prueba viviente de que la imaginación se trae de fábrica. Brusco, hiperactivo y pícaro, tiene una asombrosa capacidad para destruir objetos de adulto. Parece un Atila que después de arrasar todo a su paso puede seducir a sus víctimas con una sonrisa. Cuando quiere es encantador, frecuentemente es retraído y siempre observador; tiene una postura definida frente a todo y mantiene una vena inquisitiva que suele sorprender a sus interlocutores. No se complica mucho la vida —más bien complica la de los demás— y destila simpatía y espontaneidad. Aunque admira a su hermano mayor, no puede vivir sin pelearse con él. Al final, sin embargo, siempre le gana su bonhomía”.

Tiempo después escribí lo siguiente del tercero, Francisco Salomón (El sueño es vida): “…tiene dos años, 7 meses y todo el carisma del mundo. Estrella, duende, magnetismo, llámesele como se le llame, eso lo trae marcado en la frente. Vamos, si el talento en su más amplia expresión pudiera percibirse visualmente a él lo seguiría por doquier una aureola del tamaño de un anuncio panorámico. Todavía no se da cuenta de que es simpático y por eso lo es mucho más. Sonríe maravillosamente desde que era bebé y, con sus ocurrencias, es capaz de hacer reír a la Dama de las Camelias en plena escena final. Tiene una viveza y una creatividad exuberantes y preludia una lucidez excepcional. Vive lejos de mí, pero por cada kilómetro que nos separa tengo una razón para quererlo más. Estoy seguro de que su candor, sus ojos limpios y sus buenas entrañas son la mejor garantía de que seremos grandes amigos”.

Pues bien, mis críos tienen ahora 29, 25 y 14 años respectivamente, y me jacto de que la descripción que de ellos hice cuando eran pequeños fue tan precisa que los sigue pintando de cuerpo entero. Si acaso, me faltó destacar el temple valeroso de Agustín, la transparencia aprehensiva, la intuición fantástica y la sensatez proverbial de Alejandro y la ilustración precoz de Francisco Salomón. De veras, no es porque sea su papá; los tres son muchachos fuera de serie. Los momentos que pasé con ellos fueron para mí una bendición. Fuimos al teatro y al cine, platicamos, reímos. No sé cuándo volveré a estar con los tres, pero mientras tanto atesoraré estos recuerdos en mi memoria y en mi corazón. Y por eso para mí, analista político y futbolero empedernido, ni la elección presidencial en México o la reelección de Obama en Estados Unidos ni nuestra medalla de oro en futbol en los Juegos Olímpicos fueron más importantes que las horas maravillosas en que conviví con ellos. Fue, a no dudarlo, mi acontecimiento del 2012. Fuente de preocupación y dolor, de amor y esperanza, mis hijos han sido mi razón de vivir y la luz al final del túnel en mis tiempos difíciles. No quiero terminar este año sin dar gracias a Dios por el privilegio de ser su padre y por el enorme gozo de haberlos tenido conmigo. Para ellos va mi consejo de siempre: sean buenos y sean felices. Yo, por mi parte, les ofrezco comenzar el 2013 con el propósito de hacerlos sentirse tan orgullosos de mí como yo lo estoy de ellos.

 @abasave

Académico de la Universidad Iberoamericana.