México, D.F.- Heriberto Lazcano Lazcano se había convertido en una marca legendaria, como fundador y líder máximo de los temibles Zetas. Según Calderón esa leyenda acaba de ser liquidada en Sabinas, Coahuila.

 El anuncio es tan conveniente para un régimen urgido de campanazos que termina por despertar sospechas. Para empezar, la foto del cadáver y las imágenes de archivo de “El Lazca” no son precisamente similares. 

El muerto no se parece al vivo. La desconfianza se acentúa si consideramos que el rostro que nos presentan carece de orejas, como si el Photoshop se las hubiera amputado. 

Y según el reporte de la Marina le habrían amputado algo más al cuerpo robado, de 1.60 metros de estatura, si consideramos que Lazcano medía 1.76 (5´8 pulgadas) según el perfil de la DEA.

Y la incredulidad se acentúa cuando nos informan que tampoco hay cadáver porque un comando se lo robó de la funeraria. La historia es kafkiana de principio a fin.

 El temible capo no habría sido abatido gracias a una acuciosa investigación de inteligencia policiaca, como en los casos de Pablo Escobar o Beltrán Leyva, sino por un retén que no pudo prever. 

Contra todo protocolo, los cuerpos no fueron conducidos al Semefo para hacer la autopsia de rigor, donde luego irían a una fosa común si ningún familiar les reclamaba. En lugar de seguir esta ruta, el Ministerio Público entregó los cadáveres a una funeraria donde horas más tarde un comando encapuchado llegó a robarlos. El tema es escandaloso por donde se le mire. 

O la historia es inventada, lo cual me parece inverosímil por el enorme descrédito que significaría el escándalo internacional. Todavía resuena la carcajada generalizada que provocó la supuesta detención del hijo de “El Chapo”, desmentida por sus familiares horas más tarde. Pero si la historia es cierta, igualmente exhibe la impericia policiaca, fiel reflejo de una guerra conducida desde la arbitrariedad y el desaseo. Todo indica que las autoridades ni siquiera se habrían dado cuenta del pez gordo que habían tumbado hasta que llegó el comando a llevarse los cadáveres. 

Fue entonces cuando el sofisticado aparato de inteligencia que dirige el combate al narco se hizo preguntas sobre los muertitos. Claro que para entonces ya no había cuerpo del delito, sólo algunas fotos un tanto extrañas y unas medidas inverosímiles. El problema de llevar 70 mil muertos en esta confrontación es que los cadáveres ni se investigan. 

 

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