En su discurso al instalar la Asamblea Nacional, Gustavo Madero se preguntaba cuál era el mejor PAN: el de los orígenes, el de la larga marcha en la oposición o el de los últimos 12 años, ya en el poder. Haciendo un repaso, ubico tres crisis: en 1962, cuando Acción Nacional asumió su vocación de poder; en 1976, cuando no postuló candidato a la Presidencia de la República y en 1988, cuando tuvo el valor de sentarse a negociar con el poder para impulsar la transición democrática. De las tres, salió fortalecido. Habrá puntos de vista diferentes, pero parece haber coincidencia en que el partido, hoy, vive el peor momento de su historia.

En un libro escrito hace muchos años, hablé de los documentos y de las decisiones cruciales en la vida panista; esto es, ideas que marcan su larga marcha para alcanzar la democracia en México. Las decisiones cruciales no corresponden precisamente a las plataformas electorales o a los documentos elementales, sino a momentos en donde se toma una decisión definitoria para su vida política.

Eso precisamente sucedió el pasado sábado. Lo que en su momento fue considerado como la conciencia panista o su asamblea parlamentaria, el Consejo, órgano que elegía al dirigente y a su comité, vino degradándose por la manipulación de los diversos grupos políticos, pero, sobre todo, por su sumisión al poder. Precisamente lo que el PAN le criticó al PRI. El Consejo permitió que se impusieran presidentes al partido. Por eso el panismo reaccionó otorgándole ahora a toda la militancia el derecho de elegir a sus dirigentes. Este método condujo al PRI a confrontaciones internas tan serias que lo han hecho retornar a la elección directa; por eso Enrique Peña designó a César Camacho. El PRD también ha tenido serios problemas, en todos sus procesos ha salido seriamente dividido.

Estoy convencido de que la tarea más difícil de un partido es elegir dirigentes y candidatos; más que métodos, ordenamientos o estatutos, se pone en juego la cultura política y la congruencia con auténticas convicciones democráticas. Lo hecho por el PAN puede llevar a serios conflictos. Pero, ¿qué decisión política no implica riesgos? Me atrevería a señalar que, mientras más trascendente es la decisión, más alta es la posibilidad del peligro.

Señalo riesgos y oportunidades. Este método podría permitir la injerencia, como ya ha sucedido, de fuerzas ajenas al partido en sus procesos internos. También, desde luego, el peso del dinero, las manipulaciones propias de nuestra frágil democracia y las divisiones internas. Sin embargo, también brinda una enorme oportunidad. El PAN podrá contrastarse con los otros partidos mayoritarios, demostrar el cuidado a sus tradiciones y la posibilidad de que los contendientes presenten ideas y planteamientos que permitan al panismo reflexionar y sacudir conciencias para tomar las mejores decisiones.

No estaba yo de acuerdo con modificar el esquema anterior, pero en la asamblea percibí a un panismo anhelante de recuperar su derecho a participar. Eso me motivó a reconocerle ese derecho a la militancia. 

El cambio de dirigentes se dará en diciembre. Acción Nacional tiene tiempo para asumir este enorme desafío. He sido un crítico permanente de su actual dirigencia, la he percibido excluyente, condescendiente —por decir lo menos— con la deshonestidad y facciosa. Sin embargo, le concedo el beneficio de la duda. Espero que pueda mejorar su deteriorada imagen para que, al culminar el proceso, surja un partido renovado y vigoroso. Lo espero como panista, pero también como mexicano porque tengo la certidumbre de que muy poco se avanzaría en la consolidación democrática y en civilizar nuestra vida política con la debilidad del Partido Acción Nacional.