Este año fue justamente en nuestro país donde hace unos días se celebró la reunión de la ONU para discutir y presentar su Reporte de Desarrollo Humano que anualmente emite. Esta vez el foco estuvo puesto en el “sur global”, lo que incluyó, entre otros, un análisis exhaustivo del caso de los países árabes. Los datos presentados al respecto en esta ocasión mostraron una paradoja que constituye la raíz de los problemas más serios que aquejan al llamado mundo árabe. Tal paradoja se puede resumir en los siguientes términos: en los últimos tiempos los logros generales en cuanto a mejoramiento de las condiciones de salud, acceso a la educación y esperanza de vida han sido bastante considerables, pero contrastan dramáticamente con la precaria oferta de trabajo que no logra dar satisfacción a la creciente demanda de empleo de su población cada vez más preparada y, por tanto, con mayores expectativas de desarrollo personal.

De hecho, puede afirmarse que buena parte de la génesis de los movimientos de protesta de la llamada Primavera Árabe tienen que ver con la frustración de la que son víctimas millones de jóvenes imposibilitados para incorporarse a la fuerza de trabajo productiva a pesar de haberse preparado para ello. Y no sólo es empleo lo que demandan, sino también una participación más activa en la vida pública, lo mismo que un trato más respetuoso de parte de los poderes del Estado. De tal suerte que entre las recomendaciones del reporte destaca la referente a incrementar la inversión de los Estados y sus sistemas bancarios y financieros en infraestructura básica y en empresas productivas capaces de absorber a la fuerza de trabajo hoy desperdiciada.

De acuerdo con las estadísticas contenidas en el reporte, Egipto es uno de los países árabes cuya situación actual es especialmente crítica debido a que el desempleo entre los jóvenes ronda la cifra de 50 por ciento. No es casual que en estos momentos el Fondo Monetario Internacional, de forma bastante insólita, haya tomado esta semana la iniciativa de presionar a Egipto para que acepte un préstamo urgente de 750 millones de dólares. La intención es que estos fondos puedan servir de tabla temporal de salvación, mientras que la situación política y social del país se estabiliza lo suficiente como para planear un proyecto de reformas de mayor alcance estructural. El FMI ha percibido, con razón, que la situación de Egipto está llegando a un punto crítico ahora que sus reservas en divisas han disminuido a menos de una tercera parte del nivel en el que estaban en 2011. El cuadro ominoso se completa con un escuálido presupuesto nacional, alto déficit en la balanza de pagos, preocupantes tasas de inflación y escasas reservas energéticas.

La oferta del FMI a Egipto se origina en la observación de que la economía de este país se está deteriorando tan aceleradamente que en dos o tres meses podría encarar una verdadera catástrofe. De ahí el préstamo ofrecido con la esperanza de dar una oportunidad para la recuperación de un mínimo orden social capaz de romper con el círculo vicioso en que ha caído Egipto. Y ciertamente, el caso del país del Nilo no es una excepción dentro del mundo árabe donde, tal como lo analiza y describe el reporte de la ONU, se viven procesos similares de desfase entre las expectativas de su población joven y lo que los aparatos estatales han sido capaces de ofrecerle. Las dictaduras que ahora van cayendo una a una fueron las principales responsables de las aberrantes distorsiones sociales y económicas que hoy arrastran estos países, pero por desgracia, el derrocamiento de tales autocracias ha abierto, por lo pronto, una caja de Pandora pletórica de complicaciones y contradicciones cuya magnitud y severidad no prefiguran en el corto ni en el mediano plazo panoramas optimistas.