Por Homero Bazán

La verdad si le tengo cariño a ese camellón, pues fue ahí donde entre los túneles de árboles y el sol de la tarde filtrándose por entre las copas, le di mi primer beso de puberto a aquella novia que todavía usaba frenos en los dientes y pulseras fosforescentes de Madonna.

Pocos saben que el trazo del camellón de la avenida Ámsterdam en la colonia Condesa se realizó semanas después de que la fraccionadora del mismo nombre adquiriera en diciembre de 1902 los terrenos de este barrio; todo para delinear la pista de carreras del nuevo hipódromo administrado por la Sociedad del Jockey Club Mexicano y que sería inaugurado ocho años después.

Se cuenta que varios trabajadores equipados con carretones cargados con cal, trazaron aquel gigantesco óvalo, para que los ingenieros y urbanistas tuvieran la primera guía de lo que sería el corazón de esa nueva colonia que prometía convertirse en el punto de encuentro de la sociedad porfiriana.

Pocos imaginaban que esa línea dibujada con premura hace más de 105 años, nunca más sería borrada y por el contrario trascendería generaciones, primero con la arena de la pista de caballos en que fue convertida; después con el asfalto, cuando fue transformada en avenida, y por último, con el cemento que conformó el famoso pasaje en forma de herradura.

A lo largo de los años muchos amantes de la practicidad urbana han propuesto el retiro de este camellón para acelerar la circulación vehicular, y más ahora cuando la Condesa se ha vuelto una de las zonas de más plusvalía, atrayendo a numerosas empresas y oficinas.

Sin embargo, muchos conocedores de la historia del Valle de México coinciden en que la desaparición de este corredor significaría un atentado contra el patrimonio capitalino.

Alguna vez, Charles Lindbergh, el primer piloto en cruzar el Atlántico, caminó por el camellón de Ámsterdam, junto con el entonces presidente municipal de la ciudad, Antonio de Saracho, quien le ofreció un paseo por las secciones art decó de la ya urbanizada colonia, la cual sería coronada con un teatro al aire libre que llevaría el nombre del legendario aviador, y que lamentablemente se encuentra cubierto de grafiti.

El teatro sería terminado en 1928; en el lapso, el camellón sería enriquecido con bellas bancas de piedra y letreros donde se grabaron algunos consejos cívicos, similares a los que sobreviven en el parque México.

Por el camellón también cruzaron alguna vez Octavio Paz o Juan García Ponce, quienes han descrito en sus textos la calma de esa zona a mediados del siglo XX y cómo este corredor conectaba a la colonia de forma misteriosa.

Contrario a lo que muchos de los actuales colonos creen, el circuito de avenida Ámsterdam nunca fue utilizado como galgódromo, pues éste operaba por la misma época en la cercana colonia Del Valle, con la cual existe la coincidencia de que dos de sus calles: Manuel López Cotilla y Martín Mendalde, fueron desarrolladas teniendo como base el trazo inicial de una pista.

A lo largo de los años de publicar esta columna, muchos lectores nos han contado anécdotas sobre este pasaje en el que se han entregado a los apapachos novieros flanqueados por los árboles como testigos o vieron a sus hijos dar sus primeros pasos e incluso recibieron sabias palabras y consejos por parte de padres y abuelos.

“El camellón de Ámsterdam es parte de nuestra historia como capitalinos. Perderlo sería como ver desaparecer a un ser querido”, afirmó Luisa Leyva, quien confiesa que aun cuando no habita en la colonia, el camellón tiene para ella la misma importancia que si lo viera todos los días desde su ventana.

A mediados de los años 50, un grupo de urbanistas propuso retirar la famosa glorieta de la fuente, ubicada sobre Ámsterdam y Citlaltépetl, con el propósito de crear un amplio acceso conectado con avenida Nuevo León. Afortunadamente el proyecto recibió carpetazo.

Los expertos coinciden en que por sus características, este símbolo de la Condesa entra dentro de cualquiera de estas clasificaciones y su permanencia debería ser garantizada, decretando su investidura histórica para que futuras generaciones puedan conocerlo, recorrerlo y perderse entre los rincones de una de las zonas con más tradición de la urbe.