Por Andrés Timoteo/ columnista

DÍA 6: LOS BALCONES

Fue un miércoles soleado en la mayor parte de Francia. 

El termómetro alcanzó los 18 grados en París, un fenómeno que definen como “verano en invierno”. Y el calor trae la esperanza de que se aletargue la propagación de la nueva gripe viral, aunque científicamente no está comprobado que las altas temperaturas frenen al Covid-19. 

En tiempos de tribulación, todo aquello que conforte es bueno y algo de eso está en el viejo entendido que sin frío son menos las infecciones bronco-respiratorias.

  Pero la magia se acaba en un par de días y para el viernes la temperatura máxima se ubicará en los 11 grados y de ahí bajando, con mínimas para domingo de entre 1 y cero grados según las previsiones meteorológicas. 

Suspendidas por decreto las salidas de ocio a parques, plazas, bosques y jardines, los parisinos ya no corren a “la pelouse” – el pasto- que hasta hace unos días era impensable no tenerla en días soleados.

 Sobre el césped tiene lugar el ritual casi sagrado del pique-nique -picnic, para los americanos- donde se convive socialmente y se toma el sol, un bien escaso, ¡oh paradoja!, en la Ciudad Luz. 

En este par de días, el sol se toma desde las terrazas -los que tienen el lujo de contar con ellas-, los balcones -otro privilegio – o las ventanas por si acaso llega hasta ellas Algún rayo solar.

 Y ahí sucede una interacción social inédita: los vecinos conocen al de enfrente o al de al lado y conviven con él, algo infrecuente en una ciudad donde la movilidad del alquiler es constante y la convivencia vecinal muy escasa aun cuando se lleve años viviendo en el mismo lugar. 

Así sucede en las grandes ciudades, los arrendatarios van y vienen sin establecer nexos amicales con los de junto. 

La emergencia epidemiológica hizo que las ventanas y los balcones hoy por hoy sean para muchos los únicos contactos -físicos, no virtuales- con el exterior.

 Ahora, la gente de balcón en balcón o de ventana en ventana se saluda, primero, y luego arma plática. Si bien los separan algunos metros o hasta la anchura de una calle, el silencio es tanto que no hay problema para escucharse. 

Otros cantan, como en ciudades italianas, y otros más encienden improvisadas farolas al llegar la noche como un mensaje vecinal para alumbrar la espera. 

En otras metrópolis europeas, como en Madrid, aplauden desde lo alto a los trabajadores sanitarios que pasan por la calle.

 En pleno confinamiento hay que resaltar algo importante y hasta aleccionador para México y las demás naciones del continente americano:  pese a las restricciones draconianas, es decir muy severas, que ordenaron los gobiernos a fin de contener el Coronavirus suspendiendo la mayor parte de las actividades comerciales, laborales y de ocio, todos las aceptan y hasta las consideran insuficientes.

 Son pocos los que se oponen -y vaya que los franceses llevan la semilla revolucionaria y de la protesta en los genes-. Claro, hay lamentaciones por los privilegios perdidos -ahora se ve así, un lujo caminar libremente por la calle, por ejemplo -, pero lo acatan en esa disciplina social no hacia un gobierno sino por una causa: detener la peste. 

Es la antigua noción de vieja Europa para lidiar con epidemias que en el pasado la arrasaron.

 La percepción generalizada entre franceses, italianos y españoles es que esas medidas deben incluso ser más rígidas a fin de parar la expansión del virus y reprochan a los gobiernos de haberlas dispuesto demasiado tarde. Si la emergencia nacional y el aislamiento social se hubiera ordenado desde que aparecieron los primeros contagios locales, ahora se tuviera un mejor “manejo” de la pandemia y menos muertos que llorar. Tal es el reproche en el imaginario colectivo.

 Ayer Francia rompió un récord de muertes por el virus ya que 89 personas perecieron en las últimas 24 horas elevando a 264 la cifra de decesos mientras que son 9 mil 134 infectados, es decir mil 404 nuevos enfermos en la última jornada. Italia rompió otro peor: 475 decesos en 24 horas. La cifra negra creció exponencialmente en el sexto día.

 ‘MONSEIGNEUR ÉBOLA’

Por cierto, en el texto anterior se dijo que la peste iría primero hacía América antes que al continente africano según las predicciones y que tarde o temprano África se convertirá en un epicentro por sus condiciones de miseria, corrupción gubernamental y deficientes sistemas de sanidad pública, aunque su blanco inmediato en el continente americano. En especial, América Latina tiene plagas endémicas como el dengue, el zika, el Mal de Chagas, el paludismo, el cólera, la fiebre amarilla, la leishmaniasis y la reciente chikungunya que causan miles de víctimas cada año. Sin tener la tasa de mortalidad del ébola, la gripe por el Covid-19 llegará ahí sin vacuna a tiempo ni un tratamiento médico comprobadamente eficiente. De ahí que, aunque tenga baja estadística de mortalidad, hasta ahora es una plaga inevitable y casi intratable.

Retomando lo que sucede en México donde algunos buscan sacar raja partidista de la pandemia, hay que subrayar que el uso faccioso de las calamidades no es exclusivo de la “cuarta transformación” ni de sus opositores. Basta recordar la frase que en el 2014 dijo el político francés Jean-Marie Le Pen, fundador del partido ultraderechista Frente Nacional (FN) -hoy rebautizado “Agrupación Nacional” – sobre la crisis migratoria: “‘Monseigneur Ébola’ (Monseñor Ébola) puede solucionar eso en tres meses”.

Se refería a que la fiebre hemorrágica matara a los africanos antes de que emigren a Europa. 

Seis años después se revirtió su deseo porque hoy son los europeos los que están muriendo congestionados por las flemas que provoca ‘Monseigneur Coronavirus’ y el mismo LePen, de 91 años, está dentro del sector poblacional hacia el que apunta la guadaña viral. Moraleja: siempre hay miserables en las contingencias y siempre se devuelve la maledicencia hacía el otro.