Andrés Timoteo
Columnista

LAS DOS TORRES
Es como la película “El señor de los anillos” en su secuela “Las dos torres”, aunque a nivel local el membrete sería “La señora de las transas”. Sí, en referencia a la alcaldesa de Córdoba, la aún panista, Leticia López Landero, y a su chanchullo con las torres de vigilancia policíaca con el cual se embolsó más de 7 millones de pesos. El miércoles se cumplieron cinco meses de que dos policías murieron en esas casetas y que se desnudó el latrocinio perpetrado por la munícipe con los fondos para la seguridad pública.
La transa de López Landero tuvo secuelas mortales pues al ser atacados por un comando del crimen organizado cuando estaban, precisamente, en una de esas torres de vigilancia ubicada sobre el bulevar a Fortín de las Flores, los dos oficiales no pudieron resguardarse para salvar la vida porque las casetas eran hechizas: en lugar de tener un blindaje resistente a las balas fueron construidas con tablones, plástico, vidrio común y lámina.
A cinco meses de aquel episodio que llenó de miedo a los cordobeses y enlutó a cuatro familias -otros dos policías perecieron en un punto distinto- lo que se tiene es la impunidad tanto para los atacantes como para la edil que debió ser sometida a una indagatoria judicial pues comparte la culpa en la muerte de los agentes. A la distancia todo parece ficción pues tanto las autoridades estatales como municipales actúan como si nada hubiera sucedido.
Las dos torres de López Landeros desaparecieron, seguramente ya las quemaron o hicieron aserrín para que nunca sean sometidas a un peritaje forense y se confirme que se mintió sobre el material de su estructura. La investigación sobre la muerte de los dos oficiales también está desaparecida, pérdida en los archivos de la Fiscalía General del Estado y, obviamente, ni quién sepa algo la indagatoria por el fraude con recursos para la seguridad pública. ¿Cuánto apuestan a que nunca se abrió el expediente?
Cinco meses después de aquella jornada de balas, muerte y miedo en Córdoba, los únicos afectados son los ciudadanos que aún la recuerdan con temor y los deudos de los policías asesinados. No así la alcaldesa que ni sufre ni se acongoja arropada por sus nuevos aliados, los morenistas en el poder, ya que tiene la garantía de que no habrá investigación judicial que la toque mientras oriente recursos financieros y humanos del ayuntamiento a posicionar a Morena para los comicios del 2021.
Por eso la edil está dedicada a la grilla electoral. Hace tiempo que dejó de ocuparse de la pandemia del Coronavirus o de la administración municipal, pues su prioridad es cumplir los pactos partidistas. “La señora de las transas” goza de impunidad y de buen trato desde el gobierno estatal. Prueba de ello es que de la bolsa de 276 millones de pesos del famoso fondo contra la pandemia de Coronavirus a Córdoba le dieron 8.2 millones, es decir siete veces más de lo que le correspondería si el reparto hubiera sido equitativo con las 212 comunas.
La misma López Landero salió a agradecer públicamente la entrega de ese recurso y en el colmo del cinismo aseguró que eso es “por el resultado de las cuentas transparentes que hemos entregado” -risas-.  Lo más grave es que aun cuando se ha dicho que este presupuesto extraordinario se invertirá en acciones para mitigar la gripe Covid-19 y ayudar a las personas vulnerables a la misma, los ediles no tienen obligación de comprobar si efectivamente se ocupó para tal fin.
Es algo así como ‘a fondo perdido’ y ahí si hay razón porque es casi seguro que ese presupuesto se perderá. ¿Alguien cree que esos 8 millones 200 mil pesos que se le dieron al ayuntamiento cordobés vayan a ser ocupados en asuntos de la epidemia?, ¿que los cordobeses se verán beneficiados con esa ministración emergente? El chiste se cuenta solo porque darle ese dinero a López Landero como regalarle a un alcohólico una botella de ron o poner al zorro a cuidar del gallinero… ¡se lo va a robar!
 
DE PRIMERA NECESIDAD
La pandemia de Coronavirus ha agitado todo, desde las costumbres sanitarias, laborales y afectivas hasta las funerarias pasando, por supuesto, por las finanzas a gran escala o las del ámbito familiar. En este último se habla de la economía pandémica o post-pandémica que implica la alteración del gasto en los hogares porque se agregan nuevos imperativos para enfrentar la nueva realidad que incluye al virus gripal como amenaza permanente.
El concepto no es difícil de entender y significa que a lo que mensualmente gasta una familia -en alimentación, renta, gasolina, impuestos, colegiaturas, electricidad, agua potable y ocio- se le deben sumar nuevos desembolsos como la compra de desinfectantes personales y para el hogar, y equipo de protección como guantes y mascarillas. Precisamente en estas últimas agregan una carga financiera significativa porque ya son de uso obligatorio para desplazarse en lugares públicos.
En Europa -principalmente en Francia, España, Italia y Alemania- desde marzo hay un debate para que el Estado salga al auxilio de las familias con mayor vulnerabilidad económica para enfrentar el gasto por la compra de cubrebocas y este mismo se intensificó en Francia donde su uso ya es obligatorio de manera general desde el lunes.
Quién iba a decir que la mascarilla pasó de ser un bien escaso cuando estaba el pico de la epidemia -en el viejo continente por allá de marzo y abril- a ser un artículo de primera necesidad a la par que los comestibles de la canasta básica, la calefacción o el agua potable. Entonces, los precios de estos productos requieren ser regularizados para evitar la especulación y el enriquecimiento de las empresas a costa de la necesidad social.
Desde hace tres meses, el gobierno francés ordenó el control de los precios de las mascarillas fijándolas en 95 céntimos -centavos- de euro cada una desechable -unos 24 pesos mexicanos- y 3 euros las reutilizables -77 pesos- a fin de evitar lo que sucedió al inicio de la emergencia sanitaria cuando una sola mascarilla con la gradación KN95 llegó a venderse a través del comercio en línea a 25 euros cada una -650 pesos- con el agregado de que los ‘stocks’ estaban agotados. Era casi imposible adquirir uno.
Ahora que es obligatorio portar cubrebocas bajo el riesgo de pagar una multa de 135 euros -3 mil 500 pesos- por no hacerlo y que en septiembre se podría reanudar las clases presenciales en las cuales todos los alumnos deberán portarlo invariablemente, los galos han aceptado de que estas protecciones de tela ya son parte de su gasto familiar. Las organizaciones dedicadas al estudio de la economía estiman que cada familia se gastará entre 95 y 250 euros – 2 mil 500 y 6 mil 500 pesos- al mes en la compra de las mascarillas.
 
TELA SALVAVIDAS
Por lo tanto, en Francia y en otros países europeos la pugna es porque los gobiernos subsidien parte de este monto a las familias más pobres. Acá se ha propuesto una ayuda de 50 euros, pero tanto las organizaciones civiles como los partidos políticos consideran insuficiente. La exigencia para que el gobierno absorba el costo de este nuevo gasto familiar no es por altruismo ni propaganda electoral sino porque es la única vía para evitar nuevos contagios y detener la temida segunda ola de la pandemia Covid-19.
Si no hay la ayuda oficial para que la gente se proteja, las consecuencias humanitarias, sociales y financieras serán peores. Al debate por el precio de las mascarillas y su uso permanente -al menos hasta que se aleje el riesgo de un rebrote gripal- se adiciona la revisión de la calidad de cada prenda y todos preconizan que se estandarice el uso de aquellas con el protocolo KN-95 que son las que a través del sistema de electricidad estática logran filtrar el 95 por ciento de las partículas, especialmente de los aerosoles o sea de las microgotas que son los vectores del SARS-CoV-2.
Este tipo de cubrebocas puede ser reutilizable si después de su utilización se le somete a un proceso de desinfección en ambas caras, las externa y la externa, así como los elásticos usando alcohol y se les deja reposar en un lugar aislado. Las otras mascarillas de tela simple protegen en la medianía filtrando gotas minúsculas, pero no las microscópicas y tienen una duración de dos horas en el entendido de que se usan en un ambiente altamente cargado de partículas peligrosas.
En México como en la mayoría de los países latinoamericanos, el uso del cubrebocas no es un asunto de responsabilidad social ni prevención médica sino de chacoteo. Al igual que el confinamiento en casa, la mascarilla es casi una leyenda urbana porque todos hablan de eso, pero casi nadie lo práctica. Sorprende también que haya a la venta cubrebocas de ¡5 pesos!, que son garantía de nada, un engaño total.
Lamentable es ver a la gente que usa mascarilla a contentillo y como si el virus quedara inactivo por lapsos. Las personas lo suben y se lo bajan -para comer o beber en público, hablar por teléfono móvil, fumar y hasta para charlar con el de al lado-, otros llevan el barbijo mal acomodado, asomando la nariz y otros de plano lo evitan como si fueran inmunes a la pandemia.
Los más primitivos consideran que el cubrebocas resta masculinidad porque proyecta una imagen de miedo que se contrapone a la clásica valentía del macho latinoamericano, vaya como si no fueran a llorar cuando tengan los pulmones colapsados o estén intubados. En fin, toda una gama de neandertales aliados del Covid-19 que se resisten a comprender que el cubrebocas no es moda ni estigma ni esnobismo sino una prenda de primera necesidad, una tela salvavidas en estos tiempos pandémicos.