Andrés Timoteo
Columnista

Esta semana se caerá otro pronóstico engañoso que el gobierno federal hizo en base a la conveniencia política y no a cálculos científicos pues México está por llegar a los 35 mil muertos por Coronavirus. Hasta ayer por la tarde se tenía el reporte de 32 mil 796 decesos -faltaba la actualización de la noche- y seguramente en las horas siguientes alcanzará la cifra que desde palacio nacional estimaron como ‘tope máximo’.
Hay que recordar que, en mayo pasado, el subsecretario de Salud, Hugo López Gatell, vocero gubernamental para la pandemia, pronóstico que a lo mucho en México se morirían 6 mil personas. Luego, el 4 de junio, subió la cifra a entre 30 y 35 mil. “Preservamos la idea preferencial de que en este ciclo epidémico podríamos llegar a 30 mil o incluso 35 mil defunciones”, anunció sin empacho, a sabiendas que mentía.
Por supuesto que con ello se rebasará el acumulado en Italia, que fue de las naciones más azotadas por la peste y que hasta la tarde del jueves tenía el reporte de 34 mil 926 fallecimientos. Lo anterior no significa otra cosa que desde el gobierno federal dispararon al garete cifras sobre cifras, cálculo sobre cálculo y pronóstico sobre pronóstico solo para salir al paso de la realidad que los acosaba.
A la previsión numérica sobre los fallecimientos por Covid-19 le pasó lo mismo que al anunciado pico de contagio pues lo han cambiado varias veces, rebasados por la realidad y sin importarles que acumulen engaño sobre engaño. No hay llegado -que se sepa con certidumbre- la cresta en la curva estadística sobre la pandemia y todos los pronósticos terminaron en mentiras.
Todas las mentiras han rodado por el suelo conforme avanza el tiempo. Lo indignante es que López Gatell le sigue mintiendo a los mexicanos y lo peor es que hay una parte de ellos que le creen a pesar de que con eso comprometen su salud y la de sus semejantes. Unos mienten a conveniencia y otros creen a conveniencia o por ingenuidad. Y las dos cosas son mortales.
 
LA VISITA DEL OPROBIO
En medio de la pandemia incontrolable se produjo la primera gira presidencial por el extranjero. El mandatario Andrés Manuel López Obrador viajó a Washington para encontrarse con su homólogo norteamericano Donald Trump con el pretexto de firmar acuerdos complementarios en el marco del tratado de libre comercio, llamado T-MEC, que acaba de entrar en vigor.
Obviamente la cita de Trump a López Obrador fue para aprovecharla electoralmente pues está en campaña por la reelección y con el gobernante mexicano en la Casa Blanca pretende dar una idea de cordialidad hacia la comunidad latina y tratar de acopiar sufragios en la misma. Dicha gira no era necesaria, pero dadas las condiciones de México frente al coloso del norte tampoco López Obrador tenía margen para evitarla.
México está tan uncido a Estados Unidos que carece de la autoridad para oponerse a la invitación como lo hizo el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau. Lo cómico es que hay quienes festinan que al tabasqueño no le fue mal en dicha visita y hasta la califican de éxito solo porque Trump reconoció a los mexicanos como un pueblo valioso y porque no le dio de cachetadas ni insultó al mandatario. Vaya consuelo.
Trump no se confrontó con López Obrador porque la intención era esa, mostrarse afable con el gobernante de los mexicanos y por ende con la población migrante que radica en Estados Unidos y que votará en noviembre próximo. Y, por otro lado, no hizo falta que insultara al tabasqueño porque con todo lo que ha dicho de los mexicanos desde antes de ser presidente basta y sobra. Les ha dicho delincuentes, ha ordenado redadas para detenerlos como si fueran animales, ha enjaulado a niños migrantes, ha intentado cancelar el programa para reconocer los derechos de quienes llegaron muy jóvenes allá -les llaman “dreamers” o “soñadores” y lo más oprobioso es que continúa levantando el muro fronterizo que es el símbolo de su régimen y su pensar hacia México. ¿A poco querían más insultos?
Claro, no hubo desatenciones ni malas palabras del xenófobo Trump hacia el gobernante mexicano, pero en contraparte éste se desvivió en elogios como si todos los mexicanos estuvieran contentos de halagar a su perseguidor e insultador. Y eso fue lo oprobioso: que en lugar de comportarse al menos austero de palabras y sujetarse a la básica cortesía, López Obrador desbordó en zalamería para quien han lanzado dentelladas contra los migrantes y el país entero.
Oprobioso es que tampoco intentó atenuar esa lambisconería buscando, al menos encontrarse con la comunidad mexicana en Estados Unidos, para escucharlos y acompañarlos. Es más, excluyó totalmente el tema migratorio de su gira. Sacó de su discurso el muro fronterizo, las deportaciones masivas, la cacería de indocumentados, los niños enjaulados, los jóvenes “soñadores” y también los migrantes muertos por el Covid-19 en aquella nacional, la mayoría de los cuales pereció sin auxilio médico.
El último oprobio es particular, para el propio López Obrador y sus seguidores, pues durante años prometió que sacaría la cara por los mexicanos ante Estados Unidos y especialmente frente a Trump y que siendo gobernante no se doblegaría ni comprometería la soberanía y la dignidad nacional. Y miren como acabó: ¡llamándolo amigo y cortejándolo!  Ah y el signo de esa visita oprobiosa -quién lo iba a decir- fue la mascarilla que tuvo que ponerse obligatoriamente en su viaje y que en México ha desdeñado despóticamente.
La terca memoria otra vez. En el 2017, López Obrador escribió un libro sobre el gobernante norteamericano que tituló “Oye Trump” y en el que lo comparaba con Adolfo Hitler, el exterminador fascista. Sin duda, los escritores Elena Poniatowska y Pedro Miguel que le redactaron el epílogo y el prólogo deben estar dándose de golpes contra la pared tras ese oprobioso cambio de actitud y la adopción de la lisonja en lugar de la defensa del país.  De topes contra la pared también se dan los migrantes mexicanos y el pueblo en general.
 
SEIS DE JULIO
Una fecha muy importante en la historia reciente del país fue el pasado lunes cuando se cumplieron 32 años de los comicios presidenciales de 1988, aunque más bien es el aniversario del fraude electoral más escandaloso que se haya tenido, incluso más que el del 2006, y que entronizó a Carlos Salinas de Gortari en la presidencia de la República. Fue una enorme conspiración para arrebatarle la victoria a Cuauhtémoc Cárdenas e impedir un cambio, el primero, en el sistema político-gubernamental mexicano.
Más de tres décadas después, México ha experimentado dos transiciones políticas, la del panista Vicente Fox en el año 2000 y la que corre con el morenista López Obrador que se alzó con el triunfo electoral en el 2018. La primera fue un intento fallido de cambiar el sistema de cosas y la segunda está en vías de terminar en un fiasco. Aun así, ambos experimentos fueron benéficos para una nación que aspira a ser democrática.
Pues bien, la memoria no debe fallarle a los mexicanos porque las coyunturas históricas de ayer perfilan lo que sucede hoy, aun cuando esto sea una paradoja. ¿Se acuerdan quien operó el fraude electoral del 88 con la famosa ‘caída del sistema’ para hacer ganar a Salinas de Gortari? Manuel Bartlett, el mapache más famoso del país y que ahora es de los consentidos de López Obrador. He ahí una de las paradojas o “para-jodas”, como dice la comediante Pilar Boliver.
La “cuarta transformación” camina hacia atrás en cuanto a cuestiones democráticas, otra paradoja porque sin ellas nunca hubiera accedido al poder el tabasqueño López Obrador. En 1988, el árbitro electoral, entonces llamado Comisión Federal Electoral, estaba bajo control del gobierno priista y particularmente del secretario de Gobernación quien era el presidente del organismo, o sea Bartlett Díaz. Y todo chanchullo estaba permitido a fin de que el partido en el poder continuara hegemónico.
Sin embargo, el fraude de 1988 fue tan escandaloso que el gobierno tuvo que permitir apertura y la ciudadanización del árbitro y así nació el Instituto Federal Electoral (IFE) -hoy Instituto Nacional Electoral (INE) que si bien es imperfecto es lo más cercano una rectoría ciudadana para organizar los comicios y velar que la democracia se cumpla. Fue una lucha de años de ciudadanos y organizaciones para que se consolidara.
Pero, otra vez paradójicamente, ahora desde palacio nacional hay una andanada contra el INE para desaparecerlo o en su caso controlarlo con consejeros a modo, bajo el argumento -esgrimido por el propio mandatario- de que no es garante de comicios transparentes y además es un organismo costoso. En alegoría, el lopezobradorismo quiera volar el puente que le permitió llegar al poder. ¿Incoherente no?
Lo más grave es que López Obrador pretende regresar al pasado cuando el gobierno controlaba al organizador de los comicios y el presidente era el “Gran Elector” que decidía si una elección era válida o cancelable, repartía triunfos a incondicionales y se los arrebataban a sus enemigos. Lo dijo sin tapujos el pasado 22 de junio al anunciar que será el “guardián electoral” de las elecciones del 2021 -y se entiende que las del 2024-, anticipando un intervencionismo oficial que se creía superado.
Esto es un peligroso porque hace retroceder décadas de lucha ciudadana y restaura el control presidencial del órgano electoral. Todo al gusto del caudillo que está temeroso del voto de castigo en las elecciones venideras. Nada más falta que proponga a Manuel Bartlett como titular del nuevo organismo. No se debe permitir tal regresión.