Por Andrés Timoteo/ columnista

LOS MÁRTIRES

Tiene razón el dirigente gremial que ayer aseguró que la huelga histórica en las fábricas textiles de la Zona Centro en 1907 fue uno de los detonantes de la tercera transformación de México. El movimiento obrero de Veracruz junto con el de Sonora -los mineros del cobre en Cananea paralizaron labores un año antes, en 1906- fue el preámbulo de la Revolución Mexicana estallada en 1910.

 La guerra civil del siglo pasado la hicieron los campesinos, pero una cimiente de ella descansó en los obreros. Así se gestó la tercera transformación, la última después de la Independencia y la Reforma. No hay más, eso de la “Cuarta Transformación” no existe, es publicidad electoral y mero lema del Gobierno vigente, pero el País no experimenta un cambio trascendental como en los tres episodios antes citados.

 En el 2024 se verá si realmente se concretó una cuarta transformación de régimen y de la sociedad mexicana, mientras tanto, solo hay tres etapas de cambio histórico y paren de contar. Pues bien, ayer se recordó la gesta heroica de los obreros reprimidos -y miles de ellos asesinados- en Río Blanco por órdenes del dictador Porfirio Díaz.

 Las honras a los trabajadores masacrados han perdido lucimiento. Lo gobiernos federal y estatal dejaron de considerarlas un acto patrio y solo enviaron funcionarios menores al evento y el cuadro se complementó con algunos legisladores locales y alcaldes. Además de la indiferencia oficial también hay, como ya se ha dicho, regresiones, intentos de un revisionismo histórico para exculpar a los genocidas.

 El mejor ejemplo está ahí cerca, pues en Orizaba permanece una estatua para honrar al asesino de obreros, Porfirio Díaz, y ni porque desde el 2018 llegaron a los Poderes Ejecutivo y Legislativo supuestos progresistas y justicieros ahí sigue el monumento del dictador, insultando a la historia, a la memoria de esos mártires y a la sociedad actual.

 Pero no es necesario que los burócratas honren a los sacrificados, basta con que las generaciones presentes y las venideras no olviden lo que hicieron hace 113 años esos pioneros de los derechos laborales. La petición de los huelguistas que conformaron el primer sindicato, lo llamaron “Círculo de Obreros Libres de Río Blanco”, era tener una jornada laboral de ocho horas y prestaciones sociales, entre ellas el servicio médico y no ser discriminados por su condición social, especialmente la indígena.

 Los derechos que tiene la clase trabajadora actual son un fruto de aquellos que fueron reprimidos hace más de un siglo. Esos mártires anónimos, miles de los cuales fueron desaparecidos y nunca se hallaron ni siquiera sus cadáveres -se los llevaron en el ferrocarril a tirar al mar citan algunos investigadores- fueron precursores de la Revolución y de las garantías que hoy gozan todos los trabajadores. Nadie lo olvide.

ELEFANTE ENFERMO

Al igual que la conmemoración obrera en Río Blanco, el festejo por el 105 Aniversario de la Promulgación de la Ley Agraria de 1915 en el puerto de Veracruz, también fue de-
sairado por los titulares de los gobiernos federal y estatal. Sin embargo, no sorprenden las ausencias presidenciales que iniciaron desde hace veinte años cuando se fracturó la hegemonía del priismo en el Gobierno y llegó el panismo a Palacio Nacional.

 Tampoco la decadencia de esa ceremonia celebrada el pasado lunes porque desde hace tiempo era simulación. Se realizaba faraónica aunque no tenía la representación genuina de campesino, sólo de los militantes del Revolucionario Institucional que se plegaba aún cuando eran agraviados. En el período tecnócrata cuando Carlos Salinas desmanteló el ejido, una de las instituciones sacras que se obtuvo con miles de muertes en la Revolución y dio por concluido el reparto agrario y revivió a los terratenientes.

 A Salinas de Gortari lo aplaudían a rabiar los campesinos que cada 6 de enero se concentraban en el puerto de Veracruz a pesar de que los vendió como mercancía barata con las leyes regresivas y el impulso al entonces Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN) que fue una sentencia de muerte para la mayoría de los sectores del campo y la ganadería.

 Eran los tiempos de la “presidencia imperial” y los labriegos todavía le rendían pleitesía al Mandatario federal. Las organizaciones como la Confederación Nacional Campesina (CNC), y la Confederación Nacional de Productores Rurales (CNPR), aún operaban bien aceitadas con recursos públicos y cuotas de poder -en las cámaras de diputados y senadores, alcaldías, diputaciones locales y puestos en el gabinete federal y los estatales- para mantener en cautividad partidista a los hombres del campo.

 Eran también los tiempos en que el ‘voto verde’ era el arma electoral más fuerte del priismo y una barrera infranqueable para otras fuerzas de oposición. Y se llegó al extremo de que el PRI integró una trío cromático-ideológico junto con la Bandera Nacional y la Virgen de Guadalupe. Quien votara en contra del PRI lo hacía en contra de la divinidad y de la Patria, era la deducción.

 Las poderosas centrales campesinas manejaban masas y fortunas. Sus dirigentes eran reyezuelos con parcelas ricas en producción, no en el campo, sino en la política. Hoy todo es añoranza. El destino alcanzó al Tricolor ubicado desde el 2018 en el tercer sitio del escalafón político nacional y con tendencia a la baja. Y también alcanzó a la fecha y a la ceremonia agraria que se volvió insulsa política y periodísticamente.

 Los priistas llevaron la penitencia en el pecado porque acapararon la celebración, despojándola de su valor histórico y patriótico para convertirla en una fiesta del campesinado borreguil, uncido a intereses partidistas, utilitario para mantener cotos de poder y servil a los políticos en turno. En pocas palabras domesticaron a buena parte de ese sector y hoy la mayoría ya los abandonó.

 No hay más ‘voto verde’, no hay más priistas que piensen que no sufragar por el Tricolor sea un pecado. Los cotos de Gobierno y de representación popular son pocos y serán más escasos a plazo inmediato. En términos campiranos: nadie da un cacahuate por el PRI y por su celebración agraria.

 Los eventos del lunes frente al faro Venustiano Carranza y en el teatro Francisco Javier Clavijero en Veracruz parecieron más pompas fúnebres que una fiesta como eran antaño. Son el reflejo del PRI actual, muestra de su decadencia, su ganancia por los abusos y atropellos hacia los campesinos. Y nadie llore por ese elefante enfermo porque cuando estuvo fuerte pisoteó a los que quiso.

TIERRA DE AUSENTES

Los datos del 2019 hacen temblar a los que llegaron al 2020. La Subsecretaría de Derechos Humanos del Gobierno Federal informó que la cifra de personas desaparecidas pasó de los 40 mil que se tenían en noviembre del 2018 a 61 mil 637 en el pasado diciembre. Es decir, creció 21 mil 637 personas, aunque se acotó que en los 13 meses del actual Gobierno solo se tuvieron 5 mil 184 registros de ausentes.

¿Dónde quedaron los 16 mil 453 desaparecidos? O en el peñismo se contó mal o en el lopezobradorismo se rasuran las cifras. No hay de otra. Empero más allá de la rebatinga por los números, el dato mismo es horrido porque representan vidas humanas devoradas por la ola de violencia. ¿Dónde están esos 61 ml 637 ausentes?, ¿por qué no se les ha encontrado?, ¿los están buscando?

Veracruz está incluído en las entidades con más fosas clandestinas y desaparecidos, pero inauditamente hay un desprecio oficial hacia ellos y quienes los buscan. El gobernante en turno huye de los colectivos, la titular de la Comisión de Búsqueda, Brenda Cerón dice que es “una pérdida de tiempo buscarlos” y la encargada de la Fiscalía se niega a recibir a los familiares y a investigar el paradero de los ausentes.

 La muestra de la desidia estatal es que el propio subsecretario de Derechos Humanos del Gobierno Federal, Alejandro Encinas, tuvo que venir a Orizaba a reunirse con colectivos de familiares de la Zona Centro ante el desprecio de los funcionarios estatales. Y en el colmo, el propio Encinas se ofreció como “mediador” con el Gobierno estatal. ¿Mediar qué, pues no hay conflicto sino desidia y falta de voluntad política de los funcionarios?

 Eso sí, ante lo visto, el propio Encinas reconoció que en Veracruz hay omisiones y “mal trabajo” de las autoridades estatales ante la tragedia humana por los desaparecidos. Vaya y eso que al iniciar el Gobierno Estatal se declaró emergencia humanitaria por lo mismo como primera acción pública del nuevo Mandatario.

 La Zona Centro es muestra representativa de los entierros clandestinos y de víctimas de desaparición forzada. Los siete comerciantes que fueron desaparecidos en Ixtaczoquitlán es el caso más reciente y a excepción de sus familiares y los colectivos locales nadie los busca.

 No hay pesquisas serias y los funcionarios involucrados en esa desaparición colectiva están evadidos o siguen despachando impunemente. Lo que sucede en la Zona Centro retrata lo que pasa en toda la Entidad, tanto en la actividad genocida de los criminales como en la indiferencia e irresponsabilidad del Gobierno en funciones.