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No fue del todo insensato oponerse con tanta vehemencia al régimen de Nicolás Maduro. Es mucho pedir, pero incluso en el mejor de los casos, el gobierno chavista es un obstáculo para el manejo de la crisis humanitaria en el país. Es decir: había razones para imaginarnos que Luis Almagro no era un impúdico conservador, sino que genuinamente creía que era necesario tomar partido para aspirar a una resolución de los problemas en Venezuela.
Algunos, como el ex presidente de Uruguay, José Mujica, se opusieron a esta postura, y aunque hubiesen tenido la razón, sobraban los argumentos como para creer que no era su ideología la que el Secretario General de la OEA nos imponía con tanto descaro.
Sin embargo, después de su respuesta ante lo ocurrido en Bolivia, Chile y Ecuador, hay poco margen para dudar que Luis Almagro dirige la Organización de los Estados Americanos como una plataforma para la imposición de sus creencias.
Es notorio –ofensivo e insolente– cómo el discurso del Secretario General varía según la postura ideológica de un gobierno, y no según la situación a la cual se refiere. Por ejemplo: Luis Almagro acusó al “usurpador” Nicolás Maduro de cometer crímenes de lesa humanidad pues, de acuerdo con la ACNUDH, el gobierno venezolano es responsable por la muerte de al menos 73 manifestantes durante los cuatro meses de protestas en el 2017.
Sobre Chile, en cambio, donde suman al menos 23 muertos en poco más de un mes de protestas, Almagro brilla por su ausencia, incluso cuando organizaciones como Amnistía Internacional y la CIDH denuncian violaciones a los derechos humanos.
El caso de Ecuador no es muy diferente; mientras que Amnistía Internacional exigía a la OEA estudiar de manera “exhaustiva” el uso excesivo de la fuerza por parte de la Policía y el Ejército, Almagro prefería enfocar sus esfuerzos en elogiar al mandatario ecuatoriano. El caso de Bolivia es complicado. Habrá algunos que crean que no hubo un golpe de Estado; otros dirán que sí. Independientemente de lo que pensemos, hay algo sobre lo cual no debe caber duda alguna: a Luis Almagro no le compete ser el juez. Qué soberbia.
Como si fuera poco, proclama su sentencia con retórica barata, digna del mejor de los populistas: “…sí, hubo un golpe de Estado en Bolivia. Ocurrió el día 20 de octubre, cuando se realizó el fraude electoral que tenía como resultado electoral el triunfo del ex presidente Evo Morales en primera vuelta”. A título personal, bien podemos estar de acuerdo con la destitución de Evo Morales, o con la respuesta de los gobiernos de Piñera y Moreno ante las protestas de sus ciudadanos. Luis Almagro, no obstante, en tanto que Secretario General de la OEA, no tiene la misma prerrogativa porque, o defiende su postura ideológica, o defiende la democracia, la paz y la justicia. La una y la otra no son lo mismo, y si Almagro cree que lo son, pues qué mayor evidencia de su incongruencia y del peligro que supone para la estabilidad de la región.
Esto es particularmente relevante para aquellos que hoy sienten sus posturas reafirmadas, complacidos por tan rotundo espaldarazo: nuestra conveniencia no es un parámetro de moralidad. En lo que respecta a nuestras instituciones y sus representantes, debemos coincidir en que se apeguen a las normas establecidas, tanto en el discurso como en la práctica. En marzo se celebrarán las elecciones para designar al nuevo Secretario General de la OEA y Almagro busca su reelección. Si no es por el bien de la región, al menos para salvaguardar la poca credibilidad que le sobra a la Organización de los Estados Americanos, es hora de decir: No más, Almagro.

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