JORGE FERNÁNDEZ MENÉNDEZ
Columnista

• Al observar las contradictorias declaraciones en torno a la llegada de Emilio Lozoya, uno parecía estar asistiendo a las horas posteriores al culiacanazo, cuando ninguna versión oficial podía ser sostenida.


Emilio Lozoya sigue internado en un hospital privado en el sur de la Ciudad de México sin comparecer ante el Ministerio Público en su primera audiencia en México. La confusión y el desaseo con que fue procesada su llegada en las primeras horas del viernes pasado no sólo ejemplifica el desorden que priva, en muchas ocasiones, entre las autoridades federales, sino también la poca claridad sobre cómo se asumiría el propio proceso de Lozoya.
El viernes, Lozoya llegó cerca de la una de la mañana, estuvo en lo que era el hangar presidencial cerca de tres horas, donde se le hicieron, según se informó después, estudios médicos que descubrieron una anemia y un deterioro general de su salud que las autoridades españolas, que lo habían entregado 13 horas antes en Madrid, negaron.
Pero con la salida comenzó el show: una interminable hilera de camionetas, patrullas, motos y medios de comunicación en un largo recorrido hasta el reclusorio norte en donde, supuestamente, quedaría detenido y daría su primera declaración ministerial.
Incluso, durante diez minutos, una camioneta es rodeada por fotógrafos que creían ver en un hombre con gorra negra y cubrebocas a Lozoya. Lo cierto es que si se hubiera considerado que ese hombre estaba continuamente revisando un celular se podría haber concluido que no era el presunto detenido.
Lo cierto es que a las siete horas la FGR sacó un comunicado diciendo que en realidad Lozoya había sido ingresado a un hospital y que no habría audiencia.
Poco después, cuando ya era público el comunicado de la FGR, el presidenteLópez Obrador en su mañanera, donde está todo su gabinete de seguridad, dice que Lozoya sí fue ingresado al reclusorio y que daría su primera comparecencia al mediodía. Alfonso Durazo más tarde explica que fue llevado al reclusorio y que después fue trasladado al hospital. Claudia Sheinbaum, cerca de las 12 horas, reconoce que en realidad Lozoya nunca fue ingresado al reclusorio (que está bajo su responsabilidad) y más tarde se sabe que había sido llevado directamente a un hospital del sur de la ciudad.
A partir de allí nadie en el gobierno federal explica qué ha sucedido, hasta que el sábado el senador Ricardo Monreal dice que Lozoya es testigo colaborador, lo que ya se sabía, y que se está determinando su situación legal, incluso con la posibilidad de que por su nueva condición se pudiera extinguir la acusación en su contra. Traducido al español, Lozoya puede ser que esté anémico, pero, seguramente, con él se está analizando la declaración y, seguramente, la documentación, videos e información que, dijo Lozoya, tenía en su poder y que involucraría a otros funcionarios del pasado sexenio, para determinar su situación legal con base en lo que entregue.
Las preguntas se acumulan. La  primera es que si con todo esto no se puede estar violando el debido proceso de Emilio Lozoya y de quienes sean denunciados por el exdirector de Pemex. Segunda, cual era la necesidad de realizar todo el show del traslado que no era tal, una burla para los medios de comunicación que estuvieron cubriendo la información hasta la madrugada.
Pero hay otras cosas también muy importantes: ¿qué sentido tiene que haya una reunión de seguridad cada madrugada con el Presidente si éste no puede ser informado oportunamente ni siquiera de este tipo de temas?. Que el Presidente asegurara que Lozoya estaba detenido en el Reclusorio Norte y que pronto tendría su audiencia, cuando en realidad estaba en un hospital y no había fecha para la declaración —lo que se agrava cuando el secretario de seguridad pública explica que el detenido sí fue llevado al reclusorio, que allí se le hizo la revisión y que más tarde fue llevado al hospital, lo que tampoco era verdad, como ya lo había informado la FGR—,  vuelve a mostrar algo que algunos creemos: que López Obrador no siempre tiene la información real de muchos temas.
Al observar las contradictorias declaraciones, uno parecía estar asistiendo a las horas posteriores al culiacanazo, cuando ninguna versión oficial podía ser sostenida.
Pero volvamos a la pregunta original: ¿tan difícil es que el Presidente pueda tener la información real de un evento que ocurrió varias horas antes?, ¿cuál es el nivel de comunicación y coordinación real en el ámbito federal?
Insistimos, no tenemos duda de que Lozoya ha cometido delitos en su paso por Pemex, por los temas que está acusado y por otros por los que no, pero de los que se tiene información. Que se convierta en testigo colaborador es una opción legal, pero que termine en libertad puede ser un golpe mediático.
Se podrá argumentar que no hay privilegios para los detenidos, pero si simplemente comparamos cómo ha sido tratada Rosario Robles y cómo están tratando a Emilio Lozoya, eso queda en entredicho.
Aquello de optar por la “justicia y gracia” o la “justicia a secas”, no es un buen remedio.