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CATÓN
Columnista

“¡Ábreme la puerta por favor, Clorilia! –clamó Astatrasio, suplicante, al llegar a su casa después de una de sus habituales farras-. ¡Por favor, ábreme la puerta!”. “¡Ni la puerta ni nada te abriré ya nunca, borrachón! –le contestó la esposa hecha una furia-. ¡Lárgate! ¡No quiero volver a verte nunca más!”. Insistió el azumbrado, gemebundo: “Te ruego que me abras. Mira que me robaron”. Al oír eso Clorilia se inquietó. Abrió la puerta y le preguntó al temulento, preocupada: “¿Quién te robó?”. “La mujer ésa –respondió Astatrasio-. Me cobró mil pesos y tenía muy poco busto y casi nada de cadera”… En Cuitlatzintli, pequeño pueblo campesino, una señora pasó a mejor vida. El alcalde, recluido en sus habitaciones por razón de la epidemia, envió un propio –así se dice- a expresarle su pésame al esposo de la desaparecida. El enviado equivocó el domicilio y fue  dar al de un vecino a quien recientemente le habían robado su bicicleta. Le dijo con expresión solemne: “Vengo de parte del señor Presidente Municipal a manifestarle su más sentida condolencia por la pérdida tan grande que sufrió”. “Vaya, vaya –se extrañó el sujeto-. No es para tanto, pero dígale al alcalde que de cualquier manera le agradezco la atención”. El mensajero se desconcertó al oír esa respuesta. “El señor Presidente –continuó- sabe que su pérdida es irreparable”. Dijo el tipo: “La verdad es que no la he sentido mucho. Ya estaba muy vieja. Cuando me le subía rechinaba toda”. Se sorprendió el enviado. “Además –siguió el otro- se le salía el aire. Estaba ya floja y derrengada, pues acostumbraba yo prestarla a mis amigos, y la montaban todos”. El otro no daba crédito a lo que estaba oyendo. “Pronto voy a tener una nueva –declaró el individuo-. Desde ahora la pongo a disposición del señor alcalde. Sé que tiene varias, pero al ofrecerle la mía correspondo a su fina gentileza. Y créame que ahora sí estoy sintiendo haber perdido la vieja, porque si todavía la tuviera se la regalaría gustosamente a usted”. El enviado, confuso, farfulló una despedida y se marchó apresuradamente. En el camino iba pensando –era algo filósofo- en los profundos misterios que guarda el corazón humano… La esposa de Babalucas le comentó: “El niño ya va entrar a la secundaria. Hay que comprarle una enciclopedia”. “¡Ah no! –protestó el badulaque-. ¡Yo siempre fui a la escuela a pie!”. (Aquel otro marido se enteró de que su esposa le estaba adornando la testa. Le dijo: “Lo sé todo”. “¡Fantástico! –se alegró la señora-. ¡Ya podemos vender la enciclopedia!”)… El reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida (no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite a sus feligreses el adulterio a condición de que luego vuelvan a guardar la sana distancia), el reverendo Rocko Fages, digo, oyó decir que la hermana Onwarda, organista de la congregación, andaba en malos pasos, encaminados todos a los deleites de la carne. A ningún hombre le negaba nunca un vaso de agua. Solía decir: “¿Por qué no voy a compartir con mi prójimo lo que la naturaleza me dio gratuitamente?”. Le pidió que después del servicio dominical fuera a su oficina, y cuando la tuvo enfrente le preguntó, severo: “Hermana: ¿conoce usted el pecado original?”. “Conozco varios –respondió ella-. ¿Qué tan original lo quiere?”… Don Chinguetas tuvo que ir a un barrio donde abundaban los maleantes. Despachado el asunto que lo llevó ahí les pidió a los tipos que estaban en la esquina: “¿Me dan mi calaverita?”. Contestó uno de ellos: “Hoy es el Día de la Madre, no el de Muertos”. “No se hagan pendejos –replicó don Chinguetas, enojado-. La calaverita de mi coche”… FIN.

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