Por José Miguel Cobián Elías.  /  columnista

¿Cuál es la sensación de la mayoría de los mexicanos con el cambio de gobierno? ¿Qué sentimos los veracruzanos respecto al cambio de gobernador?

Más allá de las preguntas que cada uno puede hacerse a sí mismo, importa también el ambiente, la percepción generalizada respecto a estos cambios que seguramente habrán de influir en el destino de todos.

Las encuestas hablan de esperanza, sorpresivamente en el norte del País hay mayor alegría que en el sur, lo cual resulta extraño, ya que el sur y sureste del País fueron los lugares donde históricamente se gestó el movimiento de Morena y las simpatías más fuertes por AMLO.   

A pesar de los errores garrafales cometidos durante el período de transición, éste, como todos los gobiernos, inicia con un bono democrático, la eterna esperanza del pueblo mexicano de que un cambio sea para bien. La aceptación popular ha variado con cada sexenio, algunos la han perdido muy rápido, otros ni siquiera la tuvieron al principio de su sexenio, y otros más la perdieron a la mitad por escándalos, errores y sobre todo, la percepción de corrupción que dejan en sus gobernados.

Sin importar la ignorancia en temas económicos demostrada durante la transición, el nuevo gobierno trae la esperanza de un bien mayor, la esperada lucha contra la corrupción, que ha sido vista por los mexicanos como el mayor cáncer social, que corroe estructuras y debilita el entramado de convivencia y desarrollo del pueblo de México.

Los más conscientes saben que el gobierno estará formado por políticos mexicanos, con todo lo que eso implica, como haberse formado en su mayoría en las fuerzas inferiores y no tan inferiores del PRI, como haber participado en actos de corrupción -aunque no todos los que están-, con antecedentes de nepotismo y abuso de autoridad, con actos de soberbia por complejos y deficiencias de carácter, pero también, y quizá es lo que más valoramos los mexicanos,  con antecedentes de lucha contra un sistema que ya nos tenía hartos cuando menos a treinta millones de electores.   

Es precisamente esa lucha contra un sistema que muchos vimos como narco-estado, o como el reinado de la impunidad, lo que llevó a Andrés Manuel a ganar la elección presidencial, las estatales y diputaciones y senadurías que ganó Morena. Así con todas sus letras, debemos de entender y reconocer que el que ganó fue Andrés Manuel, no así el resto de los funcionarios electos. Y mucho menos los funcionarios que ha escogido para su gabinete, así que desde hoy podemos exigir un poco de humildad a personajes que creen que a ellos se debe el triunfo de Morena, o que asimilan como propio el triunfo que tiene un solo nombre: Andrés Manuel López Obrador.

Hay un sector de la clase política que apuesta al fracaso de AMLO, pues eso los llevaría de regreso al lugar que siempre han considerado como suyo, ese desde donde pueden disponer de vidas y recursos que no les pertenecen. Y hay otro sector de la población que sigue al pie de la letra la propaganda con la cual les lavan el cerebro, a tal grado que son comparables con los red necks que todo le creen a Trump.  Un tercer sector de escépticos, que evalúa cada acto de gobierno, y que a la fecha de toma de posesión considera que AMLO viene reprobado del período de transición, pero que espera que esos fracasos traigan experiencia para no continuar cometiendo los mismos errores y sirva para abreviar el período de aprendizaje de los nuevos funcionarios. Hay un grupo de optimistas moderados, que consideran que peor no podemos estar, por lo que se preparan para una mejoría en las condiciones del País, sin perder de vista que no será ni a corto plazo, ni fácil, romper con las inercias y fallas culturales y sociales de tantos años. Por último tenemos al grupo de red necks ciegamente seguidores de AMLO que simplemente toman como bueno cualquier cosa que venga de su ‘Mesías’, sin permitirse la mínima duda o análisis, personajes comprometidos con su lucha por un cambio en el País, o personajes que no podrían admitir jamás el mínimo error de quien recibió su voto, pues consideran que ello implicaría aceptar y reconocer que cometieron un error al votar por Morena, sin entender que el votante no es responsable de los actos de gobierno del elegido, ya que en democracias simuladas como la nuestra, resulta casi imposible definir a fondo el actuar del próximo gobernante a partir de sus discursos de campaña, pues es costumbre prometer mucho, hasta lo imposible, con tal de ganar.

Grande es la responsabilidad de los que llegan. Sin embargo, hay circunstancias específicas que a nivel local cambian la perspectiva. Con todo y que lo comentado a nivel federal aplicaría a nivel estatal, en Veracruz hay una diferencia adicional. Los dos años de gobierno de Miguel Ángel fueron para muchos veracruzanos lo peor que pudo haber pasado al Estado, así que el cambio de gobierno trae una alegría incomparable a la población, sin importar la personalidad del super-delegado, o la del secretario de gobierno, o la del propio gobernador, -todos tan dispares que cualquiera puede sufrir el rechazo de un sector de la población sin que los otros dos lo sufran-.   

Así, curiosamente, Veracruz gana más que México con el cambio de gobierno, pues lo bueno que haga AMLO se sentirá en el estado, pero también el sólo cambio de gobierno ya es una luz después de dos años de oscuridad y maldad cobijadas bajo las siglas de un PAN sin principios y con una ambición desmedida. 

Por el bien de México y de Veracruz esperamos que los nuevos funcionarios estén a la altura de lo que el país y el estado merecen. Mientras, disfrutemos la alegría del cambio, con la esperanza de un futuro mejor, pero el ojo atento para reclamar cualquier desviación del camino correcto.

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