La Navidad

CATÓN
Columnista

Los encontró en el lecho y los mató a los dos. ¿Cómo ves ese principio, Armando? ¿No te parece el titular de una revista policíaca de las de mediados del pasado siglo? Yo trabajé algún tiempo -¡hace ya tanto!-  como reportero de nota roja en un periódico de mi ciudad, y recuerdo que el jefe de redacción me decía siempre: “Tráeme noticias que chorreen sangre”. Y añadía: “Eso es lo que vende papel”. Nada quiero venderte yo, sobrino, pero el relato que te voy a hacer es sanguinoso. Hoy estás muy callado, cosa rara, y yo no tengo otra cosa qué decir. “Tú me conoces”. Con esa frase empieza casi siempre a hablar el que va a hablar acerca de sí mismo. Mayor verdad diría si dijera: “Tú no me conoces”. Nadie conoce a nadie, eso es lo cierto. Ni siquiera nosotros mismos nos conocemos bien. Si te miras en el espejo verás a un extraño. No sé quién eres. Y no sé quién soy. Eso es lo peor. O lo mejor, quién sabe. ¿Podrías decirme, por ejemplo, por qué me gustan tanto las vidas de los santos? Si fuera jactancioso te diría que he sido un gran pecador. Pero no lo fui. Jamás pude alcanzar esa categoría, reservada a mortales de excepción. Quizá pequé un poquito más que los burócratas o los empleados de comercio, pero mis pecados no dan para escribir un libro. Lo que está más allá de toda duda es que nunca fui hombre de virtudes. Pese a eso me encanta la hagiografía, el estudio de los santos y las santas. Tengo una profusa colección de vidas de esos personajes –y personajas, para cumplir con la equidad de género- antes de que la iconoclasia protestante del Concilio hiciera de los templos bodegas vacías de imágenes, y por tanto vacías de color y de sentido. Ayer me topé en uno de mis libros con San Julián. De origen noble, vivió en el siglo octavo. Andando a buscar la caza vio ante sí un ciervo y lo asaeteó. Caído le habló el animal: “Tú, que me matas, darás muerte a tu padre y a tu madre”. Espantado por esa profecía el joven ya no volvió a su casa. Fue a Santiago de Compostela y luego a Tierra Santa a pedir a Dios que lo librara de aquel sino fatal. Para buscar la muerte se expuso a mil peligros. En uno de sus viajes conoció a una hermosa mujer. Se enamoró de ella, y ella de él, y se casaron, que es lo que entonces hacían los enamorados. Por desgracia Julián se volvió celoso: la belleza de su mujer lo hizo ser así. Una noche, después de una semana de cacería, regresó a su casa, inesperado, en altas horas de la noche. Al entrar en la alcoba vio entre las sombras dos cuerpos en el lecho conyugal. Parecían los de dos amantes que durmieran el sueño que a la entrega sigue. De ese sueño los envió al de la muerte con su puñal. En eso entró su esposa al aposento. Los padres de Julián, que nunca habían dejado de buscarlo, supieron que ahí vivía y se presentaron a la mujer de su hijo. Ella los recibió con alegría, y en ausencia de su marido los acogió en la casa y les brindó su lecho para que durmieran. Ahí los encontró Julián y los mató. Se había cumplido la profecía. El infeliz huyó otra vez. Pidiendo limosna reunió dinero y construyó una casa para pobres. “Mis Cristos”, los llamaba. Ahí les daba de comer, los protegía contra los salteadores de caminos y los cuidaba en sus enfermedades. Cuando murió, dice la piadosa leyenda, fue velado por ángeles que llevaron luego su alma al Cielo. Yo pienso que en verdad fueron sus Cristos los que lo llevaron. ¿Por qué te conté esto, Armando, tan diferente de lo que otras veces te he contado? Para que pienses junto conmigo que de la mayor maldición puede venir la más grande bendición. ¿No te parece éste un buen pensamiento para los días que vivimos?… FIN.